Las flores contadas

De Sandra Franzen

Personajes:
AMELIA
ALICIA
ANGELITA


AMANECER DEL TERCER DOMINGO DE FEBRERO

ESCENA 1

Una habitación grande y blanca de una antigua casa de campo. En el fondo un gran ventanal abierto.  Todo está desteñido y raído por el paso del tiempo. Un sillón, dos sillas, una mesa con objetos de tocador, un espejo, telas, vestidos de colores, y zapatos desparramados por la habitación. El horizonte es una línea roja. Silencio. A lo lejos se escucha un llanto. AMELIA mira por la ventana. Tiene más de cuarenta y cinco, pero viste y se mueve como una adolescente. Algo regordeta, aletargada. Tiene un almanaque en la mano que mira insistentemente. Junto a un maniquí: ALICIA. Tiene más de cuarenta y cinco, pero se viste y mueve como una adolescente. Delgada, escurridiza. Cose un vestido sobre el maniquí. Su atención está en AMELIA y la ventana.

AMELIA: 358 días sin llover. Seco y despejado. En cualquier momento sale el sol.

ALICIA: ¿Alguna otra novedad?

A lo lejos se oye otra vez el llanto.

AMELIA: Ahí está. Otra vez con su luto y sus lágrimas. ANGELITA está hecha de agua. Lleva en su cuerpo toda el agua. Tal vez por eso no llueve.

ALICIA: Seguro es por eso.

AMELIA: Febrero. Mes de lluvias. De carnaval. Ninguna nube. ANGELITA es el sol. Todo el sol.

ALICIA: Mirá si llueve y no vienen.

AMELIA: Vienen igual. Tercer domingo de febrero. ¿¡Pero a qué muerto le lleva tantas flores!?

ALICIA: «A ga madre».

AMELIA: Te dije mil veces que no hables con los alfileres en la boca.

ALICIA: (Escupe los alfileres). ¿Qué pasa si me trago unos cuántos?

AMELIA: Te morís. No quiero que le lleve flores a esa viva.

ALICIA: Hace tres años me tragué algunos.

AMELIA: Se te habrá perforado el estómago.

ALICIA: Vos nunca te tragaste ninguno, ¿no?

Se cuela el llanto de ANGELITA. ALICIA clava alfileres en el maniquí. AMELIA se arranca una uña con los dientes y la escupe.

ALICIA:  ¿Y? ¿Los ves?

AMELIA: Vacas veo. Y cardos. Hace años que los veo. Ni siquiera la sequía puede con ellos.

ALICIA: ¿Qué más?

Se dirige a la ventana.

AMELIA: ¡No te acerques! Después te dan ganas de tirarte.

ALICIA resopla como niña caprichosa. Vuelve al maniquí.

ALICIA: Les pasó algo. Seguro. ¿Habrán matado una vaca? Hace dos años atropellaron una y llegaron recién al mediodía.

AMELIA: ¿¡Se habrán lastimado!?

ALICIA: Ellos no. Pero la vaca está muerta.  La deben estar enterrando.

AMELIA: Las vacas muertas no se entierran. Se tiran al costado del camino.

ALICIA: Esa vaca ahora es puro hueso.

AMELIA: (Camina por la habitación sacudiendo el almanaque) Hoy es tercer domingo de febrero. Cuento cada día que pasa. ANGELITA tiene que explicarnos por qué no llegaron todavía. ¡Es lo único que le pedimos! Malagradecida.

ALICIA: En estos días se pone triste, la extraña a Aurora.

Al escuchar «Aurora», AMELIA retrocede dos pasos como si le hubiese entrado el diablo en el cuerpo.

ALICIA: Sabés que durante el carnaval llora sin parar.  Mala época el carnaval. Todo pérdida, todo llanto. Los recuerdos se le amontonan en la cabeza.  Como una película que ve una y otra vez. Pobre ANGELITA.

AMELIA: No le digas pobre, que nos tiene a nosotras.

ALICIA: Pobre. (Silencio. Se miran sostenidamente) ¿Qué será de Aurora? ¿Seguirá siendo linda?

AMELIA: Los hombres siempre la veían primero.

ALICIA: Sobresalía como luna llena en noche cerrada. Hace tanto que se fue.

AMELIA: Ese año vino la orquesta completa. Estaban los siete, más el trompetista. La nueva adquisición de la típica: «Rigoberto, Dedos de Oro». El locutor lo presentó como a un artista de cine. Si hasta dijo que había salido en la televisión y todo, ¿te acordás? Era tan hermoso… tan… ese carnaval también fue inolvidable…

ALICIA: ¡Ya lo creo! Al final se la llevó a Aurora. Cuando los hombres la veían quedaban temblando de miedo. Era tan linda que asustaba. Se ve que «Dedos de Oro» era bien valiente. Se ve que él le hizo olvidar el dolor, el abandono, ANGELITA… Todo. Qué hombre.

Silencio. ALICIA clava alfileres. AMELIA se asoma otra vez a la ventana.

ALICIA: ¿Se ve algo?

AMELIA: Salió el sol.

ALICIA: ¿¡Traerán un trompetista nuevo!?

AMELIA: Todos los años traen uno.

ALICIA: Este año me va a elegir a mí.

AMELIA: O a mí. 

ESCENA 2

Desde afuera suena la polka “Ecos de trompetas”. Las dos mujeres corren a tomarse de las manos y brincan como niñas. Se miran, se empujan, forcejean por un maquillaje que las dos quieren. Entra ANGELITA. Es una muchacha de unos quince años, muy bella, cabellos y ojos negros. Lleva un vestido muy corto y está descalza. Su piel está bronceada por el sol. Tiene flores y moños de colores en el cabello.

ANGELITA: Llegaron. Seis más el conductor.

AMELIA: ¿Cómo seis? ¡Siempre son ocho! Siete, más el trompetista estrella.

ANGELITA: Este año son seis. Los dos petisos gordos: flauta dulce y flauta traversa, se fugaron con un trío de boleros. Dice el conductor que se cansaron de la típica.

AMELIA: ¿¡Qué conductor!?

ALICIA: Nunca me gustaron esos gordos petisos.

ANGELITA: ¡Mejor!, dice el conductor. Una típica con flautas no funciona. (Pausa. Mira a las mujeres) ¡Pero con trompetista si!

AMELIA: (Abraza a ALICIA. Brincan como niñas por la habitación) ¡Te lo dije! ¡Todos los años traen uno nuevo!

ANGELITA: Este se llama «Marchelo». Lleva un traje todo blanco. Limpito está el traje. Ninguna arruguita tiene. Los zapatos brillan tanto que se reflejan las nubes.

AMELIA: ¿Qué nubes? ¡No hay nubes! ¡Contá bien, ANGELITA!

ANGELITA: ¡Bueno! Se refleja… la atmósfera… ¡el cielo! Es más bien bajo, medio petiso.

ALICIA: ¡Ay, qué pecado! No voy a poder usar los tacos altos.

ANGELITA: (Bufa) Sigo… Lleva el cabello peinado para atrás y un sombrero de ala ancha. Tiene una voz, así como afónica. (Imita la voz) «Permiso muchacha, tenemos que acomodar los instrumentos. Venimos retrasados». Se quedaron empantanados en el segundo puentecito del camino principal.

AMELIA: (Inquieta) Hace 358 días que no llueve. Llevo la cuenta, día tras día.

ANGELITA: (Abriendo los ojos bien grandes) ¡Acá no llueve! Pero en el segundo puentecito es torrencial. No para de caer agua. El conductor, me dijo. Tuvieron que empujar todos. El camión ni se movía. ¡Hasta el cogote de barro!

ALICIA: (Ingenua) Deben estar agotados.

ANGELITA: Ajá.

Silencio incómodo.

ALICIA: ¿Seguro que es petiso?

ANGELITA: (Determinante) Sí.

Las mujeres se remueven en el lugar. Miran con cierto fastidio a ANGELITA, que se mantiene imperturbable.

AMELIA: (Secamente) Seguí, querida.  Lo podés hacer mejor.

ALICIA: (Distendiendo la situación) ¿No te dijeron si iban a ensayar?

ANGELITA: (Malhumorada) ¡Están tocando! ¿No oyen?

AMELIA le lanza un manotazo a ANGELITA que alcanza a esquivar. ALICIA se interpone y se lleva a AMELIA hacia un costado, mientras le habla al oído. ANGELITA se cruza de brazos y mira el suelo. Con el dedo gordo del pie dibuja círculos imaginarios. Las mira de reojo. AMELIA, busca un lápiz labial y se repasa la boca con furia. ALICIA se acerca a la muchacha con cautela.

ALICIA: Hoy hablamos de Aurora. (ANGELITA le clava la mirada. Expectante) Era la más linda de las tres. Siempre lo decimos. (Le acomoda el pelo detrás de las orejas) Sos muy parecida a tu mamá. De tu papá no tenés nada. Que vas a tener si ni nos acordamos de su cara. Del circo con el que se fugó, sí: «Los hermanos Gómez». Gente fea. De cómo Aurora y vos lloraban bajo la lluvia, también nos acordamos. Un carnaval inolvidable. El primero. Pero, cuando al año siguiente Aurora lo vio a Rigoberto «Dedos de Oro», se le curaron todas las penas. El amor la atravesó. (Le acaricia la mejilla) Quien te dice, uno de estos días te viene a buscar tu mamá, con «Dedos de Oro». Porque de tu papá ni el pelo.

AMELIA: Ella está viva. Vos sabés.

ANGELITA: Le llevo flores igual. Cuando me busque, me voy a imaginar que resucitó y que me viene a rescatar. (Pausa) De ustedes.

Silencio tenso.

ALICIA: ¿Tendrán un repertorio nuevo? Hace diez años que tocan lo mismo.

ANGELITA: (Bufa) ¡Yo que culpa tengo, es lo que hay! Están practicando una de…. ¿Cómo se llama? Encontré el otro día el…. (hace la seña de un círculo) digo… ¡Pérez Llano!

AMELIA: ¡Pérez Prado, bruta! Y además ninguna orquesta que se llegó hasta acá interpretó a Pérez Prado. El mambo no gusta en este pueblo.

ALICIA: (Interrumpiendo) ¿¡Y cómo es la nariz de «Marchelo»!? Respingada, recta, tipo boxeador… porque una nariz te dice todo, te pinta una persona.

ANGELITA: Él no tiene nariz. (Las mujeres retroceden asustadas) Es sólo un traje blanco, un par de zapatos bien lustrados y una voz ahogada como de vaca que está por parir. Todo blanco y quejoso. (Avanzando hacia las mujeres. Sensual) En cambio el conductor es alto como un álamo y se llama Eduardo. Fuma todo el tiempo unos cigarrillos finitos y largos. (Ingenua) Me preguntó porqué me llamo Angelita. Yo no sabia que decirle y me dio vergüenza. Quiero responderle todas las preguntas para que no crea que soy tonta. Dice que Eduardo es nombre de príncipe. ¿Y Angelita de qué es?

AMELIA: De bastarda.

ALICIA ríe por lo bajo. AMELIA mira fijo a la muchacha y ésta sonríe tontamente.

ANGELITA: ¿Y eso es bueno o es malo?

AMELIA: Una es lo que es.

ANGELITA: (Asintiendo) Voy a ver como ensayan. Ellos no reciben mujeres antes de actuar. Dicen que les traen mala suerte. Una vez, mientras ensayaban entró la esposa del presidente de la comisión de fomento y después en el escenario querían tocar un fox-trot y les salía una cumbia; probaron con un pasodoble y les apareció un chamamé.

ALICIA: ¿Y vos por qué vas?

ANGELITA: Porque yo no soy de carne y hueso. «Marchelo» me lo dijo. (Imita la voz) «Sos como una ráfaga, muchacha». Dice el Eduardo, el conductor, que soy aire fresco en su vida.

Las mujeres se miran apesadumbradas.

AMELIA: ¿Y yo que soy? ¿Viento Norte, acaso?

ALICIA suelta una carcajada, ANGELITA se suma tímidamente. AMELIA repasa su boca clownesca. La Orquesta dejó de sonar. ANGELITA pega un salto y sale corriendo. Las mujeres quedan petrificadas. Luego de unos segundos se escucha un fox-trot. Se relajan. Se balancean embelesadas.

ALICIA: Les sale lindo por ser un ensayo…

AMELIA: Cada año suenan mejor.

Se sientan en el sillón. Siguen el ritmo con los pies.

ALICIA: ¿Y por qué trompetista? Yo me conformaría con que me lleve de este pueblo el baterista, por dar un ejemplo.

AMELIA: Trompetista.

ALICIA: Puede ser hasta uno de cuerdas. O un teclado. ¡El piano es un instrumento muy completo!

AMELIA: Aurora se fue con un trompetista.

ALICIA: ¡El violín es tan romántico!

AMELIA: (Ofuscada) ¡Es un trompetista o nada!  ¡Así es nuestra fantasía y las fantasías no se cambian!

ALICIA: La realidad es la que no cambia.

Golpetean con los dedos sobre sus rodillas siguiendo el ritmo. Se oye el molesto chirrido de un disco que terminó.

MAÑANA DEL TERCER DOMINGO DE FEBRERO

ESCENA 3

ALICIA sentada en el sillón, se pinta las uñas. AMELIA parada detrás, la peina. El sol entra por la ventana. A lo lejos se escucha una rumba. El sonido es gastado y viejo. Las mujeres se balancean suavemente al ritmo.

AMELIA: ¿Te acordás de este tema? Papá lo tenía en su colección. Lo escuchaba los domingos. Es de esa orquesta…. ¿cómo se llamaba?…

ALICIA: «Los Suavecitos del Malecón».

AMELIA: ¡»Los Suavecitos»!…  ¡Aurora y papá lo bailaban debajo de los árboles! Ella se reía sin parar y él se enojaba un poco porque perdían el ritmo… Era su preferida. Se apagó cuando ella se fue. Nosotras no supimos compensarle esa ausencia. 

ALICIA: ¡Nosotras criamos a ANGELITA y lo cuidamos hasta que se murió! Y nos envejecimos, y nos pusimos oscuras.

AMELIA: Seguís enojada con papá por lo del «Gringo Lorenzetti».

ALICIA: Era un buen hombre.

AMELIA: ¡Pero Alicita! ¡Vos estudiaste teoría y solfeo! ¡Corte y confección!  ¿Cómo te ibas a casar con esa bestia bruta? Papá nos preparó para otro tipo de hombre.

ALICIA: ¡Cuál hombre! Papá murió hace cinco años y yo sigo acá, perfeccionando mí punto cruz. 

AMELIA: ¡Qué resentida estás hoy!

Se escucha la gastada rumba a lo lejos.

AMELIA: ¡Y cómo se te cae el pelo!

ALICIA: ¡A vos te crece hasta en las tetas!

AMELIA le pega disimuladamente un tirón de cabello y esto provoca que la flaca se enchastre con el esmalte de uñas. El tema musical termina. Pasan unos segundos hasta que se escucha otra rumba.

AMELIA: (Tararea) Este también me lo acuerdo. ¿Cuándo fue que vino «Waldo, el trompetista estrella»?… ¿Doce o trece años? Waldo y su orquesta interpretaron este tema. Lo recuerdo perfectamente. (Tararea) ¡Cómo soplaba Waldo! Y esas manos que tenía, con sus dedos largos y delicados… y sus modales de caballero inglés…

ALICIA: (Irónica) ¡Muy caballero, Waldo! A mí, me tocaba cada vez que podía. Pasaba por al lado y ¡zas!, en un segundo tenía sus largos y delicados dedos debajo de mi pollera. No era tocar nomás, me agarraba de una manera que me hacía subir un cosquilleo hasta la garganta.

AMELIA: (Le da otro tirón de pelo) ¡Si te movías como una anguila! ¡Hasta el cura tenía ganas de meterte mano! Degenerada. A vos te tocaba el culo cualquiera.

ALICIA: Vos ponías esa vocecita de gacela herida de muerte: «Ay, Waldo, usted y su trompeta brillan más que cien estrellas juntas». ¡Tan cursi! Nunca fue tu fuerte la metáfora. «Su música es como un néctar para mis oídos». Qué ridículo. ¡Néctar en los oídos! Un asco.

AMELIA: (Triste) «Waldo, el trompetista estrella», se fue igual que todos.

ALICIA: Sin nosotras.

Entra ANGELITA corriendo. Se para frente a las mujeres como si fuera a dar una lección. Estalla en llanto. Sigue la rumba.

ANGELITA: A que no saben. Recién, el del trombón, el de bigote finito y labios gruesos, se le atravesó un hueso de pollo así de grande. Los otros músicos lo pusieron patas para arriba y lo golpearon en la espalda. El rubio grandote, el baterista, le daba con el trombón en las costillas. Yo le dije: «pero don, el hueso lo tiene en la garganta» pero el tipo le seguía dando sin parar, se puso todo colorado por el esfuerzo. El atragantado estaba azul y el baterista colorado. «Se murió», dijo sin aliento el baterista que le seguía dando con el instrumento sin parar. Los otros soltaron al muerto y agarraron el rubio grandote, al baterista, que estaba descontrolado. Pobrecito el muertito, ahí tirado, sin que nadie le preste atención. Ahora está todo verde. Prendí dos velas y recé un padrenuestro. Se debe sentir uno muy solo cuando se muere. (Las mujeres están tiesas como postes. Pareciera que no respiran) Voy a aliviarle la angustia de la tierra que se le viene encima.

AMELIA: (Contenida) ¿Y «Marchelo»?

ANGELITA: (Piensa) Se fue a caminar entre las vacas. Dice que las vacas le sacan a uno lo nervioso.

AMELIA: Pero está vivo.

ANGELITA: Por ahora…

Angelita corre a la ventana.

ANGELITA: Ahí van. ¿Escuchan? Por el camino perdido. A enterrar al muerto van. Rumba. El del trombón era muy rumbero. Ellos me dijeron. Se la tocan de despedida. Pobrecito el baterista. Es el más sentido. ¡Escuchen cómo le da al platillo! Está desesperado ese hombre. (Desafiante) ¡Vengan! ¡Miren! (Las mujeres niegan asustadas). Ya no come. Sólo toma vino. Treinta y tres botellas, se tomó. No está borracho. Toma todo el tiempo y no se puede emborrachar. Para mí, que se está muriendo de sobriedad. Ahora quedan cinco músicos con sus cinco instrumentos.

ANGELITA tararea la rumba por lo bajo. AMELIA camina por la habitación. ALICIA se peina sin cesar.

ALICIA: ¡El farmacéutico!

ANGELITA: ¿Eh?

ALICIA: Puede reemplazar al trombón. Así los músicos se quedan y actúan esta noche y acá no ha pasado nada.

ANGELITA: El muertito tocaba trombón a vara.

ALICIA: ¿Y?

ANGELITA: El farmacéutico tocaba trombón a pistón.

AMELIA: Los dos son de soplar, ¿no?

ANGELITA: (Didáctica) Es distinto, tías. Eduardo, el conductor, me explicó. Me explica todo lo que yo no sé. ¡Y cómo sabe! Yo aprendo mucho con él. Además, el farmacéutico se murió hace dos años. Cuando le festejaban los 99. Ese reemplazo no va.  Los músicos ahora tienen un muerto. No se puede abandonar un muerto. Este lugar es así. Si se te muere un ser querido no te podés ir nunca más. Esta orquesta, este año, se queda hasta el final.

ANGELITA pega media vuelta y sale muy resuelta. Las mujeres quedan boquiabiertas.

ALICIA: (Ahogada) Qué raro eso del muerto. En quince años que vienen orquestas, nunca se murió ninguno. En estos últimos tres, cuatro años hubo algunos percances que los obligaron a irse abruptamente, pero muertos, hasta ahora ninguno. El año pasado los atacaron unas abejas y resultó que todos eran alérgicos, y el anterior vino un viento tan fuerte que se les volaron las partituras y no pudieron actuar… pero muertos…

AMELIA: Ese Eduardo, el conductor, no me gusta nada.

ALICIA: A mí tampoco.

AMELIA: Es tan… como decirlo… tan «real»

ALICIA: ¿Cuánto de real?

AMELIA: Lo suficiente como para desbaratar nuestras fantasías.

ALICIA: (Se lleva la mano a la boca. Horrorizada)

Silencio. Las dos miran la nada, conteniendo la respiración. Luego de unos segundos, se escucha «Abril en Portugal». Resoplan.

MEDIODIA DEL TERCER DOMINGO DE FEBRERO

ESCENA 4

Se escucha «Amapola». Las mujeres están muy maquilladas y con peinados llamativos. AMELIA lleva puesto un vestido color rosa con gasas y tules que cuelgan. Muy apretado. ALICIA, el mismo tipo de vestido, pero color verde agua. Le queda un tanto holgado. AMELIA repasa su maquillaje una y otra vez. ALICIA acomoda los pliegues de su falda y mira de reojo a AMELIA.

ALICIA: Ese vestido va a reventar.

AMELIA: Le agregás un pedazo de tul por acá y listo.

ALICIA: ANGELITA dijo que ya no queda tela color rosa en todo el pueblo.

AMELIA: Lo combinamos con algún otro tono. El rosa es muy combinable. ¡Y dejá de mirarme así!

ALICIA: Me preocupa ese vestido. Rosa…

AMELIA: Estúpida.

ALICIA: Gorda.

Repentinamente se corta la música. ANGELITA irrumpe y se queda parada bajo el vano de la puerta.

ANGELITA: ¡Qué les dije! El baterista, el rubio grandote. Se quedó con los ojos bien abiertos. Duro como un tronco. Se murió de sobriedad, nomás.

ALICIA: (Estalla en un llanto exagerado) ¡El baterista no! Yo me conformaba con él.

AMELIA: Entonces se mueren nomás.

ANGELITA: (Natural) Sí, claro. Al violinista le dio un ataque de risa. Está como loco no puede parar (Sale de la habitación y desde afuera imita una risa chillona. Las mujeres retroceden espantadas. Entra) ¿Lo escucharon? El Eduardo, el conductor, me dijo que este lugar es una desgracia. Para mí no. Es el único lugar que conozco. ¿Cómo va a ser una desgracia?

ALICIA va hacia el maniquí y empieza a meterse alfileres en la boca. AMELIA le pega un manotazo que hace que los escupa de una vez. ALICIA se agacha a recogerlos y AMELIA intenta impedírselo, pisándolos. En el intento le pisa los dedos a ALICIA y ésta reacciona pellizcándole las piernas. ANGELITA permanece inmutable.

ANGELITA: ¡Hay un lío ahí abajo! Al violinista se lo llevaron a pasear por el campo para que se le pase el ataque de risa. El bajista tiene un frío bárbaro. No sé, le dio por ahí. Y eso que hace un calor que mata. Debe ser la impresión. No están acostumbrados ellos a tantos muertos. El pianista está raro. No dice nada. Está sentado frente al piano, con las partituras abiertas y las manos, así, como para tocar. Pero no toca. Tiene la mirada perdida. Ahora quedan cuatro músicos con sus cuatro instrumentos.

ANGELITA sale y cierra la puerta. Las mujeres terminan agotadas por la lucha. AMELIA reacomoda su peinado y se acerca a la ventana. ALICIA va hasta la puerta. Un relámpago rompe la línea del horizonte. Seguidamente el ruido de un trueno. Las mujeres se estremecen.

ALICIA: Llueve poco en este pueblo, pero cuando llueve… Cuando nació ANGELITA, llovía. Cuando murió papá, llovió un mes de punta.  Cuando Aurora se fugó con «Rigoberto Dedos de Oro»… esa sí que fue una noche tormentosa. Una sola noche de viento y agua. ANGELITA lloró todo el día como si presintiera el abandono.

AMELIA: Alicita, ¡que te hace mal! ¡Hoy tenés un día!

ALICIA: Yo me quedé esperándolo debajo del escenario, ahí habíamos quedado con Rigoberto. Cuatro horas lo esperé. Tenía la valijita marrón, la que era de mamá. Apenas alcancé a poner un vestido y un camisón. El camisón con vuelos ese que todavía… Cuatro horas con los dedos acalambrados de agarrar la valijita. No la podía soltar. Si la soltaba era como si dejara escapar los sueños. En esa valijita están todos mis sueños. (Pausa. Pensativa. Se ríe) Era una maniobra de distracción. A vos te dejó entre los cardos del camino principal y a mí debajo del escenario. Al final se la llevó a Aurora nomás. ¡Qué tontas! Mirá si no la iba a elegir a ella… ¿Te conté que me encontró ANGELITA?

AMELIA: Mil veces.

ALICIA: Estaba con los mocos chorreando… toda roja por el llanto, toda agua como la noche. Ojalá llueva. Cuando llueve pasan cosas. Por ahora son sólo unos truenos. Un presagio de lo que vendrá. Me voy a preparar la valijita de los sueños, quiero estar lista… no sea cosa que… ¿cómo se llama el trompetista de este año?

AMELIA: «Marchelo».

ALICIA: Eso. Si llueve, seguro que me lleva con él.

Entra ANGELITA como se hubiese estado del otro lado de la puerta esperando el momento oportuno para hacerlo.

ANGELITA: (Teatral) Se murió de risa nomás. El violinista digo. Le agarró una carcajada tan fuerte que la boca se le quedó así de abierta. Dejó de respirar. Y el bajista, pobrecito, el que tiene el pelo todo enrulado y muchos anillos en los dedos, le vino más frío. Creo que se le fue el alma del cuerpo y no la puede encontrar. Con el Eduardo, el conductor, le tiramos agua bendita en la cara para que se le quite el diablo que tiene adentro. Ahora quedan tres músicos con sus tres instrumentos.

AMELIA: (Histérica) ¡Basta de muertos! Acá no se muere más nadie. Que se vayan, se tienen que ir. ¡Eso! (Empuja a ANGELITA hacia fuera. Ella se resiste) Ahora se está levantando una tormenta del norte como nunca se ha visto en esta región. Están asustados y se van. ¡No se mueren más! Tienen que volver el año que viene.

ALICIA: No quiero que muera «Marchelo». (Intempestivamente toma del brazo a AMELIA) ¿AMELIA, vale la pena seguir con esto?

ALICIA: ¿¡Qué te agarró, ALICIA!? ¿Vas a poner en crisis nuestras fantasías?  (A ANGELITA) ¿Por qué nos mirás así? Andá, bajá y hacé lo que tengas que hacer pero que todo siga igual. Es lo único que te pedimos.

ANGELITA: (Desafiante) Vayan ustedes, si quieren.  Busquen a sus músicos. Búsquenlos. Pero no acá en el pueblo. En este pueblo están todos muertos. Y los que no se murieron se fueron. Menos nosotras… que no estamos muertas, y tampoco nos vamos. Caminen. Tomen por el camino principal y caminen. No miren para atrás porque se pueden arrepentir. No hay que mirar para atrás. Como mi mamá. Ella no miró para atrás. Ella se fue corriendo con «Dedos de Oro» y les aseguro que no miró para atrás. Yo también corría. Pero no la pude alcanzar. Grité con todas mis fuerzas y lloré todo lo que podía para que no se fueran sin mí. Ella no miró ni una sola vez para atrás y desapareció en la noche oscura y mojada, con ese hombre extraño. Ella no me escuchó. Seguro que no me escuchó. Debería haber gritado más fuerte.

ALICIA busca su valijita y se dirige decidida hacia la puerta. AMELIA la intercepta.

AMELIA: Tal vez «Marchelo» no sea lo que esperabas…

ALICIA: ¿Y qué era lo que esperaba?

AMELIA: Un hombre que te quiera.

ALICIA: Como el «Gringo Lorenzetti». ¿No tendría que buscarlo? (A ANGELITA) ¿Se murió o se fue?

ANGELITA: Se fue.

ALICIA: ¿Adónde?

AMELIA: ¿Y si no existe ningún lugar además de éste?

ANGELITA: El Eduardo dice que sí. Que existen otros lugares. ¡Y mejores! El vive bien lejos en una casita toda blanca que está en las montañas. ¿Cómo serán las montañas?

AMELIA: ¡No hables más, estúpida! No confundas a Alicita.

ALICIA se dirige lentamente hacia la ventana. AMELIA la sigue de cerca.

ALICIA: ¿Ven esa vaca que va por el camino principal? Va y viene todo el tiempo. La tengo bien estudiada. Yo la miro por la ventana cuando vos estás distraída, AMELIA. Soy como esa vaca. Voy y vengo por el mismo lugar. Cuánta paciencia tiene ese animal.

AMELIA le saca la valija de la mano a ALICIA. La guarda. ALICIA se queda observando por la ventana. ANGELITA va hacia la puerta.

AMELIA: Andá, nena. Se buena. Deciles que toquen «Claro de Luna». De despedida. La cuarta del lado «B» por Liberace. Es mi preferida. Papá la escuchaba los sábados por la tarde. Nosotras no escuchábamos porque jugábamos a corrernos por la casa. Aurora siempre se chocaba alguna silla y terminaba lastimada. Papá creía que la culpa era mía. Como yo era tan grandota y ella tan frágil. Aurora se soplaba la herida y hacía como que no le dolía para que él no me rete. Así era tu mamá, ANGELITA. (Pausa) ¿Te acordás, ALICIA? O no querés. ¡Claro! Porque a vos siempre te atrapábamos primero… (La abraza) Adónde vas a estar mejor que acá. Seguro que va a llover. Se tocan «Claro de luna» y se van para poder volver el próximo año, y así cada año, para que se nos renueve la esperanza.

ANGELITA sale. ALICIA corre hacia la puerta. Amaga seguir a ANGELITA, pero se detiene. AMELIA expectante.

ALICIA: Esta orquesta no vuelve más.

AMELIA: ¡No digas eso ni en broma!

ALICIA: (Tomándola de la mano e intentándola arrastrar hacia la puerta) ¿Y si salimos?

AMELIA: (Soltándose de un tirón) Ya sé cómo es afuera y no me gusta.

ALICIA: ¿Y si el paisaje es otro? ¡Vayamos a ver!

AMELIA: Es el mismo. Lo veo por la ventana cada día.

ALICIA: ¡Yo digo ver todo! ¡Todo de una vez!

AMELIA: ¡No!, no… (Retrocediendo, como mareada) Quizá el paisaje sea otro, pero el recuerdo es el mismo. Nada más pensarlo se me vuelve todo rosa como el vestido de Aurora. El mío, marrón, aquella noche. Ella, el andar liviano de gata. Yo, el andar pesado de vaca. Ella los ojos chispeantes y la sonrisa luminosa. Yo, la mirada opaca y los labios apretados. 

ALICIA: ¡No digas así! Se te veía muy adornada con esos moños en el pelo.

AMELIA: ¡Parecían cucardas! Como una vaquillona premiada.

ALICIA: ¡Amelita! ¡Seguís presa del afuera!

AMELIA: Ni bien aparecimos empezaron a murmurar. Hablaban entre dientes como si yo no los pudiese escuchar. Lo único que veo es la seda rosa flameando entre las hamacas, yo sola en el medio de la plaza y todos a mi alrededor murmurando, murmurando, murmurando… Papá me castigó por no traer a Aurora de vuelta. Una semana encerrada en mi habitación. Aquella noche llovió sin parar hasta el amanecer. Nunca más salí.  Nunca más… ¿Para qué?

Se escucha «Claro de Luna» por Liberace. Un relámpago cruza el cielo azul. Las mujeres se abrazan, llorosas.

TARDE DEL TERCER DOMINGO DE FEBRERO

ESCENA 5

Suena «Cómo te diré” de Sandro. Las mujeres lo bailan embelesadas, mejilla con mejilla. Repentinamente la música se corta y seguidamente golpean la puerta. Se sobresaltan. Expectantes. Vuelven a golpear con más fuerza.

AMELIA: (Temerosa) ¿Quién es?

Desde el otro lado de la puerta ANGELITA le contesta con una voz afónica muy impostada.

ANGELITA: ¡»Marchelo»!… «Marchelino»….

ALICIA: ¿¡Quién!?

ANGELITA: ¡El trompetista! ¡El de la orquesta!

Las mujeres se miran desconcertadas. AMELIA corre a retocarse el maquillaje. La ALICIA abre la puerta lentamente con mucha desconfianza.

AMELIA: (Desde el fondo) ¡Adelante «Marchelo»!

Entra ANGELITA. Lleva puesto un traje de hombre que le queda muy grande. Los zapatos bien lustrados. El cabello húmedo peinado para atrás. Exagera los modales masculinos e imposta la voz.

ANGELITA: Permiso muchachas…

Las mujeres retroceden entre inseguras y asustadas. ANGELITA se acerca a ellas y las abraza. Las mujeres están tiesas.

ALICIA: (Sacándosela de encima) ¡No seas ridícula!

AMELIA empuja a ALICIA y se acerca a ANGELITA.

AMELIA: (Le extiende la mano para que se la bese) ¡»Marchelo»! ¡No lo esperábamos! ¡Pase! Tome asiento.

ANGELITA se sienta en el sofá y a su lado AMELIA. ALICA las observa contrariada.

ANGELITA: (Le agarra la pierna a AMELIA y se la sacude bruscamente) ¡Lindo par de gambas, eh! (AMELIA se sobresalta. ANGELITA con su voz) Bueno, así me hace el Eduardo. (Vuelve a la voz impostada) Estás linda, linda.  

ALICIA resopla indignada. AMELIA se arregla el peinado.

AMELIA: Y eso que me dejé estar un poco. La vida de campo es dura. Me hago un baño de crema en el cabello cada seis meses. Me lo hace mi hermana. Juanita, la peluquera, ya no trabaja a domicilio.

ANGELITA: (Con su voz) ¡Tenía novena cuando el hijo menor se la llevó a vivir con ellos a la ciudad!

AMELIA: ¡Veo que está familiarizado con los últimos sucesos de nuestra comunidad!

ALICIA saca su valijita y pone algunas cosas dentro.

ANGELITA: Decime, AMELIA. ¿De dónde viene ese nombre? Eduardo es nombre de príncipe, ANGELITA de bastarda…

GORDA: (Juguetona) ¿Cómo sabe mi nombre?

ANGELITA: ¡Lo soñé! Anoche. Una voz como de vaca empastada que me decía: Ameeelia, Ameeeeelia… Yo sabía que era usted. Por lo de la vaca, hinchada, empastada, quejosa…

AMELIA: (Incómoda) Qué romántico.

ALICIA sale de la habitación con su valija, sin que las otras lo noten.

AMELIA: Sé danzas españolas y mi hermana teoría y solfeo.

ANGELITA: ¡Son artistas!

AMELIA: (Ríe como una niña) Éramos el mejor partido de la zona. De esta zona, la que va desde el monte de los eucaliptos hasta la cañada de los cuatro sauces…

ANGELITA: ¡Ah!…

AMELIA: (Nerviosa) Qué.

ANGELITA: (Con su voz) No engancharon nada (Ríe)

AMELIA: (Seria) Esperamos al hombre indicado.

ANGELITA: Indicado por parte de madre o de padre. (Ríe exageradamente festejando su chiste)

AMELIA: Indicado, apropiado, es una forma de calificar al hombre.

ANGELITA: Y uno sin calificar tampoco agarraron. (Ríe nuevamente)

AMELIA: Me parece que se está pasando de la raya.

ANGELITA: (La intenta abrazar) Dame un besito «vene qui, vene qui con mé» que estamos solos.

AMELIA: (La aparta de un empujón) ¡Terminála estúpida! ¡Y sacáte el saco de papá que me impresiona! Alicita…. Ali… ¡ALICIA! ¿Dónde estás?  No te enojes. Es ANGELITA que quiere jugar con nosotras. ¡Cómo estás hoy! ¡Tenés un día!… ¿Alicita?…

ANGELITA se saca el saco, se afloja la corbata y mira despreocupada a AMELIA que busca desesperadamente a ALICIA.

ANGELITA: Habrá aprovechado el camión de las cinco.

AMELIA: ¿Qué camión? ¿Qué decís?

ANGELITA: ¡Los camioneros! Lo único con vida que anda por acá. Además de las vacas, claro.

AMELIA: (Orgullosa) Alicita no se iría con un camionero.

ANGELITA: (A la defensiva) ¡Los camioneros son gente muy buena! Romero, que pasa los lunes, miércoles y viernes a las seis de la mañana, siempre me trae algo. Lo que sea. Yo me las arreglo. (AMELIA la mira inquisidora) ¡Comida! ¿Qué va a ser? ¿De dónde cree que comimos estos últimos años? Yo les alimento, ya sabe, el hambre del bajo vientre. Y ellos ¡el vientre! ¡El suyo especialmente! (Pausa) Los sábados pasa el Tito. Pero ese es medio codito de oro. Lo despacho enseguida. (Resopla) ¡Cuesta sacarle un bocado! En cambio, el Eduardo… Ese sí que es un hombre. Yo lo espero los domingos al mediodía con los fideos al pesto. Es su comida preferida. A mi no me sale muy bien el pesto. El me enseña y yo quiero aprender. El otro día me lo tiró por la cabeza. Pero me dijo que no lo va a hacer más. Me gusta como me mira cuando el pesto me sale bien. Come y habla sin parar. ¡Tiene una habilidad para hacerlo al mismo tiempo! Me cuenta películas italianas. Las mejores, dice él. El domingo pasado me contó una de una mujer rubia que se bañaba en la fuente de una plaza y un hombre hermoso con un traje todo blanco, la salvaba. (Ríe) ¡No existen los hombres con trajes blancos! Se ve que es una película. (Pausa. Pensativa) Para mí que la tía se fue con el tartamudo Benítez. El dice que es tartamudo. Yo no lo sé porque cuando me ve a mí habla de corrido. Pero él jura que es tartamudo y que yo lo curo todos los días. Pasa a las cinco de la tarde. Seguro se fue con el tartamudo.

AMELIA: La naturaleza humana es horrible.

ANGELITA: Me voy con el Eduardo. No es flaco y alto como un álamo. Pesa más de 120. Pero no es un fantasma, es de verdad. ¡Y el pesto cada vez me sale mejor! Me voy a un lugar con montañas. Y me va a llevar al cine. Me lo prometió. Mi mamá estaría orgullosa de mí.

ANGELITA da media vuelta y sale. Pega un portazo. AMELIA la sigue hasta la puerta y se detiene. Mira a su alrededor.

AMELIA: ¿¡Y la orquesta!? ¿¡Y los músicos?! ¿No van a venir más? ¿Querés que hablemos de tu mamá? Cualquier día de estos te viene a buscar. No te podés ir. Mirá si viene y no te encuentra… ¡ANGELITA!

ANGELITA entra violentamente. Lleva apretados contra su cuerpo muchos discos de pasta. Algunos se le escurren y caen al suelo.

ANGELITA: Mi mamá no me va a buscar nunca. Eso ya lo sé. Hace mucho que lo sé. Le voy a llevar flores antes de irme. Los muertos tienen las flores contadas. Mi madre tiene las flores contadas. Estas van a ser las últimas. Al final el bajista se murió de frío y el pianista no sé, creo que de tristeza. «Marchelino», el trompetista, se fue. Pero dice que nunca va a volver. Vagará por el campo eternamente diciéndoles a todos los músicos que encuentre que nunca vengan a este pueblo, que es una desgracia. Enloqueció el pobrecito. (Arroja los discos a la cara de AMELIA) Ahora no quedan músicos ni instrumentos. Nada. Igual que en una película húngara que me contó el Eduardo. Al final, hasta el protagonista se murió. ¡Sí, húngara era!

ANGELITA sale. AMELIA recoge los discos del suelo y los aprieta contra su pecho. Los relámpagos cruzan el oscuro cielo de la tarde. Caen las primeras gotas.

NOCHE DEL TERCER DOMINGO DE FEBRERO

ESCENA 6

Llueve torrencialmente. AMELIA en enaguas. Encima lleva puesto el saco de su papá. Despeinada y con el maquillaje corrido por las lágrimas. En la mano una escopeta de dos caños. Saca los cartuchos del bolsillo y la carga. Cada vez que un relámpago ilumina la noche, dispara al vacío por la ventana.

AMELIA: ¡ALICIA! ¿Dónde estás, traidora? (Dispara) ¡Muerta, te vas a ir con «Marchelo»! (Dispara) ¡Le di! ¡Le di! (Mira) Otra vaca. Maté otra vaca. No importa. Acá ni las vacas son inocentes. (Grita) ¡Las voy a matar a todas! (Carga el arma y apunta en la oscuridad) ¡Salir con esta tormenta! (Pausa) ¿Tendrá razón ANGELITA? ¿Se habrá fugado con un camionero? (Grita a la noche) ¡Mala hermana! Hacerle esto a papá. (Dispara. Mira) Otra vaca más. Las vacas muertas y yo, es lo único que va a quedar en este pueblo. (Carga el arma) Tantos años de teoría y solfeo. ¿Para qué? (Grita) ¡Para irte con un camionero! ¡Barata! (Para sí) Al final resultaste peor que Aurora. Quedaste ofendida desde el día que papá corrió a escopetazos a ese bruto que te pretendía. (Grita) ¿¡Cómo ibas a casarte con Lorenzetti!? Con ese animal. No sabia ni leer… ¡Y vos lees música, ALICIA! (Dispara. Mira) Una, dos, tres…. vacas muertas y yo. Sola.

Busca más cartuchos en el bolsillo, que no encuentra. Dispara nuevamente pero no tiene más carga. Mira la escopeta unos segundos y luego la revolea por la ventana. En ese instante se escucha un mambo a todo volumen. Se esconde detrás del sillón. Espera. Se abre la puerta. Una sombra se dibuja en el vano. El mambo se escucha a toda potencia.

AMELIA: (Tímidamente) ¿Papá?… ¡Papá!… yo no tengo la culpa que Aurorita se haya… ¿Aurora?… ¡Volviste!… (Silencio) Aurora, criamos a Angelita lo mejor que pudimos… ¡Vos también dejarla así, tan chiquita!… ¿Y Dedos de Oro?… (Silencio) ¿Es usted, «Marchelo»? ¿Me vino a buscar? (Un relámpago ilumina la sombra) ¡Alicita! ¡Qué suerte que sos vos!

Entra ALICIA. Está completamente mojada y embarrada. En su mano derecha lleva la valija abierta con algunas ropas colgando. Con el otro brazo aprieta fuerte algunos viejos discos contra su pecho. AMELIA corre a abrazarla. Se quita el saco y se lo coloca sobre los hombros. La conduce al sillón y ambas se sientan.

ALICIA: Llueve. Hace frío afuera.

AMELIA: Te dije mil veces que tenés que llevarte una camperita si salís.

ALICIA: Hace tanto que no salía. Desde que Aurora se fue con «Rigoberto Dedos de Oro» que no salía. Desde que papá enloqueció y hecho a tiros a Lorenzetti, que no salía. Desde que papá murió, que no salía. Todas noches de lluvia. Todas noches de tormenta.

AMELIA: La lluvia hizo estragos en nuestra familia.

ALICIA: Me fui por el camino principal. Primero caminando y después corriendo. La valija se me enredó entre las piernas y me caí. Varias veces. ¡Toda embarrada, estoy! Pero me levanté. Me dolían las rodillas, todavía me duelen, pero corrí otro poco más. Hice como me dijo ANGELITA: no miré para atrás. Me aguanté todo lo que pude sin mirar. Hasta que miré… Y lo vi. Un bulto blanco y quejoso que se tambaleaba en la oscuridad. ¡»Marchelo», mío!, le grité. Con su traje impecable y sus zapatos bien lustrados. Nada. ¡Lorenzetti!, probé. Perdido por perdido. No. Era una vaca. No cualquier vaca. Era esa que siempre miro por la ventana. Estaba herida. Me acerqué todo lo que pude. La vaca me miraba con los ojos vidriosos pidiendo que la salve. Ese animal sí que quería vivir, Amelita. Se desplomó en el suelo. Yo me acerqué más y le limpié la herida. Tal vez la lluvia, a la vaca, le salve la vida. Me quedé ahí sosteniéndole la cabeza y creo que se quedó dormida. Ya había mirado para atrás. Así que caminé otro rato y me encontré con un montón de vacas muertas.

AMELITA: Sí. Maté algunas.

ALICIA: Ah, fuiste vos.

AMELIA

ANGELITA se fue.

ALICIA: (Le muestra los discos) Son los de papá.

AMELIA: Estamos solas.

ALICIA: Ya ni vacas quedan.

Mambo.

AMELIA: ¿Lo viste?

ALICIA: ¿A quién?

AMELIA: Al camionero ese con el que se fue ANGELITA.

ALICIA: Un sujeto desagradable, Amelita.

AMELIA: Ya me parecía.

ALICIA: Pero real.

AMELIA: La realidad es a veces brutal.

Un relámpago.

AMELIA: ¿Lorenzetti se habrá casado?

ALICIA: (Ríe) ¡Debe ser abuelo! (Se ríen. Silencio) ¿Cómo hubiese sido mi vida con Lorenzetti?

Se miran un instante. Se escucha el ruido de un camión que se va.

AMELIA: ¡Llegaron! ¿Cuántos serán?

ALICIA: Es ANGELITA que se va con el camionero.

AMELIA: (Insiste) Llegaron. Cuántos serán.

ALICIA: (Desganada) Seis más el conductor.

AMELIA: ¿No eran ocho?

ALICIA: (Aburrida) Sí. Pero dos se fueron con el trío de boleros. (Pausa) ¿Cuánto durará?

AMELIA:(Fresca) ¿Su estadía?

ALICIA: (Le pone los discos en la cara) ¡El disco, AMELIA! El disco de Pérez Prado. Lo puse yo misma.

Suena el Mambo Nro. 5

AMELIA: Treinta, cuarenta minutos…

ALICIA: Cuando se termina, se termina.

AMELIA: Sí. Esta vez se termina.

Siguen el ritmo del mambo.

AMELIA: ¿Se habrá muerto la vaca?

ALICIA: ¿Qué vaca?

AMELIA: La que estaba herida y a pesar de todo quería seguir viviendo.

ALICIA: Su deseo de salvarse era muy fuerte.

AMELIA: No tenía miedo.

ALICIA: ¿De vivir?

AMELIA: Sí. De vivir.

ALICIA: No. No tenía miedo.

AMELIA: Entonces vive.

Fin del mambo Nro. 5. Ruido de la púa cuando un disco se termina. Las mujeres se toman de la mano, abren los ojos bien grandes, respiran profundamente, contienen el aire unos segundos y lo exhalan suavemente. Afuera llueve torrencialmente.

Fin del tercer domingo de febrero.

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