De Sandra Franzen y Patricia Suárez
Argentina, década del ‘20
El campo.
Comedor de una casa de campo.
La mesa, las sillas. Cerca, una silla mecedora.
Personajes
María
Honorio, también Ángeles
Justo
Escena 1
Sentada en la mecedora está María.
Honorio, arrodillado, con la cabeza sobre su regazo.
María: Un ratito nada más.
Honorio: Sí, María.
María: Tengo que coserle el pantalón remangado.
Honorio: No se preocupe.
María: Podía llevar cualquier pantalón a la asamblea de los colonos. Para lo que se fijan los políticos, hasta puede ir con el poncho y chiripá!
Honorio: Dios nos libre y guarde.
María: ¿Acaso hicieron algo los políticos? Nunca hacen nada; tiran para los que tienen como siempre. Acá tendría que venir un Garibaldi, un Robin Hood para ayudarnos. Pero no viene nadie.
Honorio: Los colonos se van a juntar.
María: No es cierto; son todos desconfiados. No parecen cristianos. Allá en Italia era igual. La mamma trabajaba para el amo y todas las mujeres que trabajaban para el amo decían: Un día de estos nos juntamos y le hacemos reclamos, hacemos la huelga, lo que sea. Porque hacía un frío muy intenso, que les enfermaba las criaturitas. Pero el frío pasaba, llegaban las fiestas, los carnavales, y las hijas del amo querían ir a los bailes, las mascaradas que contaba mi mamma. Y como no sabían coser o no tenían la fantasía, no sé, bajaban y le pedían a las mujeres la ropa que ellas usaban. El vestido, el mandil… y se iban a los bailes vestidas de aldeanas… después volvían, le daban a las mujeres sus vestidos y unas castañas asadas, un dulce, una golosina… Pero mire, qué locura, Honorio, la de los que tienen.
Honorio: No esté triste.
María: Nunca saldremos de pobres. Pero eso no me pone triste, porque es mejor no tener, a tener y hacer esa clase de locura, de humillaciones.
Honorio: Sí.
María: Nomás querría que la Madre de Dios nos regale un hijito. Uno chiquito, dos sería mejor. Pero si no se puede, con uno me conformo. Una vieja me dijo después de la novena: “No hay imposibles en esta vida, sólo hay que pedirle a Dios”. Y yo pido, pido… Un hijito, mire, Honorio, para mecerlo así toda la noche y la mitad del día…
Honorio: Uno con su carita, María. O dos, nenitas. Igualitas a usted. Las nenitas son más buenas, dicen.
Mría: Pero Dios no me escucha lo que yo deseo; mis pedidos son como la gota de agua que cae vez tras vez en el olvido. (Se pega en la frente) Me tengo que escribir un letrero en la cabeza que diga: Hay que ir a buscar el hilo negro para zurcir el pantalón de domingo. Y un hilito amarillito, dorado. No sé si conseguirá; para pegar los botones en el batoncito…
Honorio: Los botones de nácar.
María: Sí; esos que eran del abrigo de mi mamma, cuando vino de Italia.
Honorio: ¿No le da pena destrozar ese tapado?
María: No, si a usted le hace un gusto.
Honorio: Está bien por mí.
María: Me falta poco, tengo la camisa con bordados de crucecitas en el cuello. No puedo hacerle sobrefalda para abultar y que parezca un vestido elegante, de copetuda. Nosotros no tenemos con qué pagar una sobrefalda; son como dos metros de muselina: es un imposible. Por ahí dicen que en Europa la sobrefalda ya no se usa más; es una pena. Si una fuera rica, tendría que usarla. Pero acá…
Honorio: Se puede vivir con modestia.
María: Ya sé.
Honorio: Yo trabajo como un burro de carga.
María: Igual se embarraría, tanto arrastrarla por el sembrado a la falda. Las copetudas no pisan nunca el campo si no es de visita.
Honorio: Hoy estuve con don Pedro, para la contrata. En dos días empezamos a levantar la cosecha. Vamos a tener dos golondrinas más que el año pasado; seis o siete peones. Si usted quiere coser, tiene que hacerlo hoy, mañana. Después ya no tiene tiempo.
María: Honorio, ya lo sé. Consigo el hilo y me queda coser encima del surfilado. En el almacén no me trae la Juana los hilos que le pido… Pero doña Carmen, deshizo una colcha de lujo comida de la polilla y tiene un hilito de oro, para darme.
Honorio: Primero se arruinará los dedos, María. Después, toda la mano pagándole a esa vieja hucha de doña Carmen. ¿Cuánto tendrá que lavar sin cobrarle?
María: Es una vez; un gusto que se dá una vez en la vida. Aparte la mando a Luisa, que le lave ella.
Honorio: Esa criolla chúcara le hace ascos al agua, ¡mire si va a querer ir!
María: A mí la Luisa me hace caso.
Honorio: ¡Cuánto se ocuparía de su hijito, si tuviéramos uno! Lo tendría rojo y gordo de las golosinas que le haría todo el día, la ropita de lana que usted le tejería! Dios la tiene que escuchar, María.
María: Es un vestido como una vez vi en un cuadro. Estaba en la iglesia, era la Virgen Dolorosa; el corazón…
Honorio: Atravesado por siete espadas de dolor.
María: Ya sé que se lo conté.
Honorio: Siga.
María: Santa María pasó por siete dolores: la profecía de Simeón, la Huida a Egipto, el Niño perdido en el Templo, Jesús en el camino del calvario…
Honorio: Eso no, María. Lo otro.
María: ¿Lo otro?
Honorio: Lo que vio.
María: Ah, sí. La camisa blanca, lisa. El sayo largo, bermellón, hasta la rodilla. La manga, ancha, sin que haga puño. Dos botones justo debajo del corpiño porque encima del corpiño está el corazón con sus siete espadas atravesadas. El corazón tapa en el cuadro los dos botones que a mí me falta coserle. Después, encima, el mantón oscuro, porque ella está de luto… Tiene que quedar lindo.
Escena 2
En la mesa, cenando.
María y Honorio vestido de mujer.
Afuera perros que ladran.
María: El “Capitán” ladró todo el día. Mucha gente nueva dando vueltas.
Honorio: A la tarde anduve por los galpones. Los hermanos Trejo ya organizaron un fogón para esta noche. De bienvenida a los peones.
María: Usted se queda.
Honorio: Sí, María.
María: Tenga cuidado, no manche el “broderie” que es una tela de lujo.
Honorio: Lo sé. Costó una fanega de trigo.
María: Debería reservarlo para su cumpleaños. Hoy es una noche cualquiera.
Honorio: Vísperas de la trilla.
Ladridos. Gritos de hombres. Luces de faroles.
María: Quédese quieto. Afuera se van a arreglar.
Honorio: Si.
María: No sea que…
Honorio: Ya sabe, María, que no salgo a la noche.
Pausa. Comen.
María: Le sienta bien ese color. Le ilumina los ojos, tan bonitos que usted tiene.
Honorio: Gracias.
Más ladridos y gritos afuera.
Honorio se remueve en la silla.
María: No se inquiete, Honorio.
Silencio. Él la perfora con la mirada.
María: Disculpe, Ángeles.
Honorio: Gracias.
María: Le decía, que las cortinas están cerradas y las puertas trabadas.
Honorio: Yo mismo lo hice.
María: Se toman unas cuartas de ginebra y se alborotan. Nada grave, son buenos hombres. Trabajadores. En un rato ya se duermen y mañana con la primera luz estarán todos en el campo listos para la faena.
Honorio: Doy fe. Yo mismo los elegí.
Repentinamente entra un peón: Joven, moreno y bello. Es Justo.
Tiene sangre en su pierna, que arrastra. Honorio se para sobresaltado. Se miran.
Justo: Ave María purísima.
Lo miran. Silencio.
Justo: (Advierte a María) Disculpe, patrona. ¿Don Honorio no se encuentra?
María: ¿Cómo entró?
Justo: La puerta de atrás, de la cocina…
María mira a Honorio. Este baja la cabeza.
María: El patrón no está.
Justo: Me mordió el mastín. El grandote. (Muestra su herida en el muslo)
María: No es decente que un hombre esté con dos mujeres solas, en la noche.
Justo: Disculpe, patrona. Es que necesito su ayuda. Afuera están borrachos…
María: No será un puntazo. Ustedes se toman y enseguida andan de cuchilladas. Si es así, mañana se van todos. Aunque tengamos que ir, Honorio, y yo solos a levantar la cosecha.
Justo: Fue el perro, doña María. Se lo juro.
María: No jure en vano.
Justo hace un paso y trastabilla. Honorio lo sostiene para que no caiga.
Justo: Disculpe, señorita.
María: No le manche el vestido a mi hermana. Aléjese de ella.
Justo: (A Honorio) Justo, pa´servirle.
Honorio: Ángeles…
María (A Honorio): Vaya para adentro. Yo me ocupo del mozo.
Honorio: Traigo agua caliente, la que hay en la cocina a leña.
Justo: Sí, para lavar la herida.
María: Qué sabe. Es médico acaso.
Justo niega.
María: (A Honorio) Vaya para adentro, le dije. Yo me ocupo.
Afuera más gritos. Ladridos.
Justo: Qué pena que no está don Honorio. Pa´ponerle dos gritos a esos camorristas. No ocurra una desgracia, doña María. El menor de los Trejo tenía varias garrafas de ginebra encima. Si usted los pone en cajas, se dormirán como niñitos. Le tienen respeto.
María mira furiosa a Honorio. El baja la cabeza. Sale.
Angeles: ¿Le duele?
Justo: Como una braza metida entre las carnes.
Angeles le quita la tela del pantalón de la herida y le sopla.
Angeles: ¿Mejor?
Justo: Su presencia ya me alivia.
Angeles se sonroja. De un tirón arranca un pedazo de tela del pantalón y le hace un torniquete. Aprieta con fuerza y se miran a los ojos. Entra María. Advierte la situación.
María: Los revoltosos ya están en los galpones. Bueno sería que usted haga lo mismo.
Justo: (Se inclina) Se agradece, señoras mías. Don Honorio estará al caer, de seguro.
María: No le importa.
Justo: Si quiere me quedo en la puerta hasta que regrese, por lo que necesiten.
María: No, vaya a descansar. No se preocupe por mi marido. Él, siempre está. (Mira con suspicacia a Honorio, que se incomoda)
Angeles: Buenas noches, Justo. Siga usted.
Justo: Hasta mañana, señoras mías.
Justo se retira. Silencio incómodo.
Honorio: Casi le dice.
María: Casi.
Honorio: Usted no puede. Es el arreglo.
María: Asegúrese que la puerta esté bien cerrada, entonces.
María sale al interior de la casa.
Honorio se acerca a la ventana, corre la cortina y espía afuera.
Fin escena 2.
Escena 3
Durante el día.
Maríacose, Honorio (de paisano) entra apresurado a la casa, impetuoso.
María: Honorio, qué susto. ¿Qué ha pasado?
Honorio; Chito, chito. (Inspecciona) ¿Hay alguien?
María: Ninguno.
Honorio: ¿La Luisa?
María: Salió, la llamó su mama pa´que le ayude a recibir un ternero… Una vaca adolorida desde anoche, que no puede parir. Todas preñadas menos yo. (Pausa) Deben ser cuentos de la Luisa para verse con alguno a escondidas. Pero ¿qué puedo hacer? Yo no la tengo atada. No le puedo impedir que se vaya, si se quiere ir…
Honorio: Mejor.
María; ¿Por qué? ¿La necesitabas?
Honorio: ¡No! ¡Para qué la quiero yo a la estúpida esa de Luisa! Que pide permiso a un brazo para mover el otro, ¡y bien que le pagamos y no te resulta de ninguna ayuda!
María: Estoy terminado el sayo…
Honorio: Chito, chito. Te traje esto… (Honorio saca de debajo de la camisa, una larga tira de puntillas gruesas, desenrolladas y un poco enredadas).
María: ¿Qué es? Pero, ¿qué es…?
Honorio: Chito, María. Para la enagua… para la enagua…
María: ¿Hizo un pecado?
Honorio: El Niño que trajeron los Jesuitas a Santa Marta… ¿para qué quiere pañales tan lujoso un niño que es estatua?
María (se persigna): ¡Honorio!
Honorio: Calle, que un niño de madera pintada ni come ni caga. No te aflijas, María. Ponga las puntillas a la enagua y el día de la buena nueva, las descosemos y se la ponemos en la cuna. (Exultante) ¡Qué cuna le tallaré yo a nuestro niño!
María: Honorio, es un pecado… ¡un pecado!
Honorio: No. Voy a poner cuatro velas en el altarcito de la Virgen a la que usted reza, para que ella nos perdone el hurto. A esos viejos de mierda, contritos debajo de las polleras, no les pongo ni un cabo de sebo…, no les pago ni media misa…
María: Pague una novena.
Honorio: No.
María: No coso.
Honorio: María…
María: ¡No coso más si no se humilla ante los curas!
Honorio: Los curas no; pero de Santa María…
María: Los curas.
Honorio (asqueado): ¡Pero sí! Por unos metros de hilo más de hilo menos. ¿Qué quiere? Verme arrastrándome ante esos zanguangos que no saben lo que es el trabajo?
María: No quiero pecados. Dios vé con malos ojos hasta los pecados que se hacen por justicia. ¿Y si descubren que le robó las puntillas?
Honorio: No me vio nadie. Estaba arrumbado en una caja de cartón, entre algodones y los pañales esos, de tafetán y puntillas. Quité las puntillas… descosí una, en el borde y después tiré, tiré… y se desgarró toda. Como me enseñó usted a descoser.
María: Está bien. No se hable más.
Honorio: ¿Qué? Me hará la enagua?
María: Sí. Pero después vamos a regalar el mantón de luto a la Virgen. Para que se lo pongan en la Vigilia o en el Via crucis…
Honorio: Qué desperdicio.
María: Es una santa de quita y pon. Le pueden poner el mantón negro.
Honorio: ¿Por qué será que en mi vida cada gusto que logro darme, tiene el sabor de un disgusto?
María: Cosas de la vida. No se hable más.
Honorio: No se hable más.
Honorio sale.
María examina la puntilla.
Fin de escena 3
Escena 4
María y Honorio en la puerta.
Ella vestida para salir, lleva una cartera y sombrero.
María: Alguien lo tiene que hacer.
Honorio: Siempre usted, María. ¿No tiene hijas su tía?
María: Todas casadas.
Honorio: Usted también es casada.
María: Tienen sus hijos.
Silencio. Honorio mira el piso.
Honorio: Su tía sabe los rezos que a usted pueden ayudarla.
María: Siempre se negó a rezarme… Dice que basta con que le pida yo a Dios, que no hace falta ningún trabajito de los que conocen las curanderas, ni… ni…
Honorio: Pídale por los dos, que la cure de palabra.
María: Trataré, pero ella es arisca con esos saberes que conoce de antaño. No se ponga triste, Honorio. Ya escuchará mis ruegos la virgencita y nos bendecirá con su fruto en mi vientre. Usted hace lo que debe hacer un marido y después ya queda todo en manos del misericordioso. (Levanta el mentón de Honorio) No llore, mi querido. (Pasa su dedo en la mejilla secando una lágrima) No me haga esto, que me parte el corazón.
Honorio: Vaya nomás, que se le hace tarde. Su tía la necesita. (Busca un paquetito) Llévele estos pastelitos que hice hoy en la siesta, mientras descansaba del calor.
María: Sólo los perros y usted andan por esas horas.
Honorio: (Ríe) Y algún extranjero a caballo, recién llegado a estas pampas.
María abre la puerta, mira hacia fuera. Atardecer.
María: La hora en que se casan los obispos. (Sonríe) Así decía mi abuelo anarquista. Por suerte mi abuela nos educó en la fe cristiana, si no que sería de nosotros.
Los dos miran hacia fuera. Ladra un perro a lo lejos.
María: Esta noche no, Honorio. Prométame.
Honorio: Le prometo.
María: No me gusta dejarlo solo.
Honorio: Vaya nomás, María. Le prometo.
María: La peonada anda dando vueltas por el patio. Hace calor para meterse en los galpones.
Honorio: Trabajaron desde el amanecer, están hecho tripas. Se comen su asado y se abandonan en el sueño hasta las primeras luces del día.
María: Son jóvenes, aguantan el trajín del día y el de la noche también.
Honorio: Se le va a venir la oscuridad, María. Y no quiero que ande en esas horas en el medio del campo.
María: El mayor de los Trejo me lleva en el carro. No se preocupe.
Honorio: Me preocupo.
Pausa. Se miran. Él le toma el rostro y la besa en la mejilla.
María: Cerró bien todas las puertas. La de la cocina, la de atrás…
Honorio: (Mira al piso) Se lo prometo.
María sale. Honorio cierra la puerta. Controla que las cortinas estén corridas. Respira como animal herido. Se refriega la cara con las manos cada vez con más fuerza. Finalmente busca un baúl que está oculto, lo abre, saca un vestido, lo huele. Se desnuda y se lo pone. Se pinta los labios, polvo en las mejillas. Se arregla el cabello. Espera. A los pocos segundos se escucha la puerta del fondo abrirse. Aparece Justo.
Justo: Ave María purísima.
Angeles: Sin pecado concebida.
Justo camina por el comedor como un padrillo recién domado.
Justo: ¿Y Doña MARÍA?
Angeles: A pasarle la noche a una tía, en el pueblo.
Justo: Cosa de mujeres.
Angeles: Sí.
Justo: Lo de cuidar enfermos, digo. Mi hermana cuidará a nuestra madre hasta que se la lleve Dios (Se persigna) No se puede casar, pobrecita, le tocó eso. Cinco hermanos varones y ella única mujer. Le tocó eso.
Angeles: Claro.
Justo: Eso, y un zángano de hermano como yo.
Angeles: No diga así.
Justo: Cosas de la vida ¿Y usted? ¿No anda en eso del casorio?
Angeles levanta la vista por primera vez.
Angeles: ¿Yo, un marido?
Justo: Su hermana ya tiene uno. Honorio es un buen hombre.
Angeles: Sí, un hombre.
Pausa. Se miran.
Justo: La soltería o el convento, eso decía mi madre.
Angeles: De monja, no. Soy muy devota, no vaya a pensar mal. Por las noches no me puedo dormir si no rezo por lo menos un misterio del rosario. Una costumbre de mi madre. Como un bálsamo. Cuando voy por el décimo ave María siento que Dios me perdona mis pecados y me duermo en paz.
Justo: ¿Qué pecados puede tener usted, Ángeles?
Angeles: Los necesarios para el infierno.
Justo se acerca.
La olisquea como el padrillo a su cría.
Justo: Su cabello huele a lino recién segado.
Angeles se sonroja. Se aleja unos pasos.
Angeles: ¿Cómo tiene la herida?
Justo: Abierta.
Angeles: Hice un tecito de romero, para cortar la infección. El romero es muy bueno. Me lo enseñó un gaucho que rondaba los campos de mi familia. No recuerdo su nombre. Lo recuerdo a él. Vivía en la intemperie, con su caballo. Su techo era el cielo, decía. A veces desaparecía por días y después volvía como si nada y nos miraba desde lejos, mientras trenzaba su fusta o hacía su fuego para el asado. Una tarde, con apenas 13 o 14 años, me corté en el pié con una lata, mientras escapaba corriendo de la tunda que me estaba dando mi padre por no seguir los comportamientos del cristiano, según repetía. El gaucho sin nombre me encontró moqueando y con el pie ensangrentado. Me levantó entre sus brazos, me acunó, me lavó el pie, y me curó amorosamente de todos mis males. Nunca más lo volví a ver. (Lo mira) Le paso con un trapito si quiere, con té tibio de romero…
Justo se baja los pantalones y se apoya en la mesa. Ella busca una palangana pequeña la coloca sobre el piso y se arrodilla. Con un trapo limpia la herida de la pierna. Justo gime de tanto en tanto. Angeles acerca sus labios y besa la herida. Él le acaricia la cabeza. Ella vuelca la palangana y el agua corre por el comedor. Se para bruscamente, se miran y se acercan. Angeles se aleja como asustada.
Justo: No me deje así, con este deseo que se me sale.
Angeles: Usted es un hombre hermoso.
Justo: Usted me tiene todo tomado.
Angeles: No puedo, lo prometí.
Justo: Qué prometió.
Angeles: Negarme al ansia.
Justo se acerca a ella y la abraza por detrás. Le besa el cuello con dulzura.
Justo: Tiembla como un ternerito recién nacido…
Angeles: Ay, Justo… ay, Justo….
Justo: Entréguese, Ángeles… entréguese…
Angeles: El arreglo, tengo que cumplir, lo prometí…
Justo: El amor no es pecado.
Angeles: No cumplir con la promesa, si.
Justo: Su cuerpo hierve como afiebrado…
Angeles se separa unos pasos. Lo enfrenta.
Angeles: Maríapuede llegar en cualquier momento.
Justo la mira. Le pasa los dedos por los labios.
Justo: ¡Y qué si viene! Le hago frente y ya.
Angeles: Usted no sabe nada.
Justo: ¿Qué hay que saber?
Angeles: Mejor se va.
Justo: No me deje así.
Angeles: Mejor se va, le digo. Si María lo ve acá…
Justo: ¿Qué hay con su hermana, qué? Le peleo a la luz mala, por “usté”. ¡Me tiene hasta las “verijas” o no se da cuenta!
Ángeles: ¡Me respeta, Justo!
Justo: Como a mi madre.
Angeles: Ay, Justo…
Justo la toma del brazo y la lleva hacia él. Se miran apasionadamente. Se besan. Angeles lo aleja. Finalmente él se va, contrariado.
Fin de la escena 4.
Escena 5
Honorio solo, en la mecedora vestido con una bata de mujer. A duras penas intenta coser una falda. María entra, trae unas velas en el regazo del delantal.
María: ¿Puede?
Honorio (compungido): No.
María: Va a poder. Es cuestión de paciencia, como todo, Honorio.
Honorio: …
María: ¿Ángeles?
Honorio: Honorio; estoy a medio vestir.
María: ¿Me esperaba?
Honorio: ¿Visitó a la Vieja?
María: Sí. Anda mala, pobrecita. Ni ella sabe cuántos años tiene. Me dijo qué alimentos tengo que comer para quedar. Todos los alimentos que son un envoltorio, ayudan a la mujer a quedar. Los repollos, la coliflor, la col, el melón… pero en esta época no hay melón ¡qué desgracia! Pimientos rojos y verdes también debo comer. Y de frutas, la naranja y la ciruela.
Honorio: Mañana mando alguno que sacuda el naranjo así le caen las más maduras, las más dulces crecen en el naranjo del esterito.
María: A ese naranjo lo apaleé bien apaleado la Noche de San Juan, para que diera fruto, me conoce. Puedo ir yo.
Honorio: No, que vaya quien yo mande, que para eso pago. ¡Me pinché!
María: ¿Por qué no se pone el dedal como le enseñé?
Honorio: Porque no me entra en los dedos. Cosa usted, María.
María: Tengo las velas, para los rezos que me indicó la Vieja.
Honorio: ¿Y cuál es el apuro? Cose, yo voy prendiendo las velas. Después nos acostamos.
María: No, no. Tengo que hacerlo yo y decir las oraciones que ella me enseñó. Las tiene que decir la que será madre, no otra persona. Dice que son poderosas las oraciones; casi me paro a comprar unas mantillas en el pueblo, de tanto que me convenció de que hacen efecto. Después no quise gastar.
Honorio: Hubiera comprado igual.
María: Pero la gente habla, habla. No quiero ir más al pueblo, Honorio. Cada vez que voy, una preñada me pasa por la cara. ¿Sabe de la Herminia? Dos tuvo de un solo parto, dos machitos. Uno de esos dos, era mío. No me diga que no.
Honorio: No, María. Las mujeres de buen carácter sólo pueden tener hembras. Usted tendrá hembritas lindas como usted.
María (resignada): Gracias, Honorio. Qué bueno es conmigo.
Honorio: La quiero.
María: Qué buen marido es; desde el día que usted vino y me pidió, yo no dudé un momento que seríamos felices. Que usted era para mí, era el hombre que yo estaba esperando. Mi padre no me quería prometer, pero cómo le insistí tanto al final… ¿Qué le queda por hacer?
Honorio: El dobladillo.
María: Pero si igual la falda no toca el suelo, no hace falta dobladillo.
Honorio: El ruedo va a quedar todo despeluchado.
María: Surfile.
Honorio: Eso me gusta menos,María.
María: Espéreme. Espéreme que prendo las velas y digo las oraciones.
Honorio: No se ofusque. Eso le hace mal.
María: Mire (toma la aguja y le enseña a surfilar), así. Hace el punto largo, sin apretar, sobre el borde. Es fácil, Honorio. Tiene que poder.
Honorio resopla
María: Ponga voluntad.
María sale.
Honorio se dispone a enhebrar una aguja. Todo le cuesta horrores, pero lo va haciendo a su tiempo; se concentra en la puntada, mordiéndose los labios, los ojos fijos en el ruedo. Logra dar una puntada, dos.
Honorio: Parece que me sale…
Al otro lado, sonidos que hace María poniendo las velas en un altarcito. Quizás, en algunos momentos, llega a oírse el bisbiseo de su oración.
Honorio: ¡Esto es la muerte, María! No quiero pensar el trabajo que debe dar hacer una camisa. Eso de la sisa, el cuello… ¡Y los pantalones! La pretina, el fondillo, la bragueta…
Concentrado en la puntada.
Honorio: ¡Va saliendo, María!
Puntada alta, levanta la aguja, feliz.
Honorio: Ah, ¡el sastre!
Cose con lentitud, con puntada lograda.
Honorio: Yo veía hacer a mi madre; podía coser y hacer otra cosa al mismo tiempo. Cocinaba, atendía a la Ana que era muy chica. Siempre era más chica, porque era la menor. Contra eso, los hermanos mayores no tienen remedio. El que nace último es siempre el menor y hay que cuidarlo porque siempre es más chico, es medio inútil, medio zonzo. Yo a veces pienso… María, ¿me oye? Yo a veces pienso que es mejor no tener más que uno. Así no hay zozobras con los otros hermanos y todo lo que tenemos, el campo entero, es para él. Así no hay asuntos de si uno le roba al otro… Usted seguro quiere más de uno. Las mujeres siempre quieren más.
Corta el hilo con los dientes.
Saca otro carrete, corta el hilo, enhebra.
Honorio: ¡¡¡Cómo será tejer!!! Cosa del demonio debe ser. ¡Yo vide a mi mama tejer una de gorritos de lana! Pilas y pilas, porque la cabeza de los chicos crece. Ella decía: no hay que darle zapatillazos a los hijos en la cabeza, porque se los daña. Hay que castigarlos de otra forma. ¡A cintazos nos tenía la vieja! A mí no. Porque era obediente. Ella me quería porque era obediente, sí. En cambio el tata me tenía mala espina, me criaba de a fustazos. Y yo con el mal ese, del que nunca me hizo curar bien: el del susto. ¡Ojalá nuestro hijo, María, no se enferme del susto!
Anuda el hilo.
Honorio: Los ñudos me vuelven loco.
Cose con denuedo.
Honorio: Lloraba por cualquier cosa. Si se abrían los postigos de repente, si entraba una gallina loca al cuarto y cacareaba, si el Rafael me tiraba de los deditos de los pies para hacerme sufrir… Todo, lloraba. No había curandera por allá… Una en el monte, pero la mama tenía miedo que si íbamos al monte nos agarraran los indios…
Cose esforzado, achicando los ojos.
Honorio: Es mañera esta tela.
Descansa, suspira, retoma.
Honorio: Y por eso quedé así para el resto de la jornada, con el susto encima. Yo apenas tengamos el niño lo llevo a que lo vea la mejor curandera que haya… porque esta enfermedad no se la deseo a nadie…
Tira de la aguja y se rompe.
Honorio (agarrándose de la cabeza, furioso): ¡Ah, castigo de Dios, Dios bendito! ¡Tenía que partirse la aguja! María, venga. María, deje los rezos y venga. Ayúdeme. Ayude al marido!
Fin de escena 5
Escena 6
María sentada en la mecedora, zurce el vestido que llevaba puesto Honorio en la escena con Justo.
Se pasa la mano por la frente, secándose el sudor.
Se refriega los ojos y sigue cosiendo.
Los perros ladran con rabia. Entra Justo..
Justo: Ave María…
María: Anúnciese, antes de entrar.
Justo: Su perro no me hace el gusto para la sorpresa.
María: Avise igual.
Justo: Disculpe, patrona.
Sin levantar la vista de la labor.
María: Tengo costura que terminar.
Justo: Ese vestido…
Ahora lo mira unos segundos. Mira el vestido y vuelve sobre Justo..
María: Qué quiere.
Justo: Ese vestido es…
María (enfrentándolo): ¿Qué pasa con el vestido?
Justo: No, nada.
María: Diga de una vez.
Justo: ¿Don Honorio?
María: Patrón, para usted.
Justo: ¿Se encuentra, el patrón?
María: ¿Para que lo quiere?
Justo: En verdad, quiero hablar con usted, doña María.
María: ¿Para qué soy buena?
Justo: Ya sabe.
María: No creo.
María plancha con sus manos el vestido sobre su falda. Luego enhebra la aguja.
María: No sé que hizo mi hermana, que lo arruinó todo. Ni con bordarle unos canutillos que le arranqué a mi traje de novia, logro salvarlo. Ya quedó maltrecho este género, con lo caro que es. Se cree que somos ricos o qué somos. Tendré que vender cinco docenas de huevos para pagar el arreglo… ¡Cinco docenas!… Y encima la colorada, la ponedora, anda medio enclenque… (Se lleva las manos al rostro, llorisquea)
Justo: (Extiende su mano) Doña María, yo…
María: ¿¡Qué quiere!?
Justo: Su hermana.
María se levanta de la mecedora como un resorte, cae el vestido al suelo.
María: Qué hay con ella. Dígalo de una vez.
Justose inclina como para recoger el vestido.
María se interpone y lo mira desafiante. Justo retrocede.
Justo: Me gustaría hacerle el novio a la Ángeles.
María respira profundamente. Se sienta.
María: ¿Para qué?
Justo: Pa´casarme y darle la felicidad completa.
María: Deje de decir bolazos.
Justo: Es la purísima verdad.
María: Qué sabe usted de verdades.
Pausa incómoda.
María: ¿No tiene que ensillar el pardo, a esta hora?
Justo: Ya hice.
María: Siga pues, siempre hay algo por hacer en el campo.
Justo: No me contestó.
María: No. Le digo que no.
Pausa.
Justo: Déme razón pa´negármela.
María. No doy razones a los peones.
Justo camina hacia la puerta. Se vuelve decidido.
Justo: Ella curó mi herida. Con un pañito en agua tibia.
María: ¡Cuándo hizo eso que dice!
Justo: La otra noche.
María recoge el vestido del suelo y lo maniobra nerviosa. Refriega la tela
María: No sale con nada. Ni con limón, ni con sal. Un desperdicio de tela. Refriegue y refriegue toda la mañana, las hilachas me van a quedar. No hay como arreglarlo, aunque le pase la aguja una y mil veces, no hay como arreglarlo. Se van a dar cuenta todos que está zurcido…. (Lo mira) ¿Habló con el Honorio?
Justo: Sí.
María: ¡Ah! ¿Y que dice?
Justo: Qué por él está bien.
María: (Ríe) ¿Me ve cara de zonza a mí, o qué?
Justo: Digo verdad, doña.
María: Otra vez con eso de la verdad. Como si usted fuera el dueño de las verdades. Mire mocito, acá hay verdades que de decirlas, se caen todos los santos de los altares. Y no habrá San Benito que nos salve. Así que mejor deje eso de las verdades a un lado. ¿Me entendió?
Justo asiente y baja la mirada.
María: ¿Y la Ángeles?
Justo: Me acepta.
María: No le creo.
Justo: Sí, doña. Digo ver… Sí, doña.
María: ¡La de sopapos que le voy a dar cuando la agarre!…
Justo: No la lastime.
María: Uno del conchabo como usted, no me dice a mí, qué hacer.
Justo: Perdone.
María: Perdone, perdone. Todo el tiempo se anda disculpando. ¿Por qué mejor no arrima sus bártulos y se va de mi propiedad? (Ladridos de perros) Aquí ni los perros lo quieren y ya le dieron prueba de ello. ¿Qué busca? ¿Qué se lo coman los cimarrones?
Justo: No doña, lo que quiero es visitarla a la Ángeles.
María: (se levanta y lo saca a empujones) ¡Insiste, insiste, el mozo! Siga, siga, afuera. Y no se me presente más en mi cocina porque la próxima le tiro una pava de agua hirviendo. A ver si me entiende de una vez… Acá en mi rancho no hay nada para usted. ¡Siga, siga!…
María vuelve a la costura.
Fin escena 6
Escena 7
Ángeles espiando por la puerta del fondo. Entra, camina por el lugar. Espía otra vez. Va hacia la ventana. Camina. Espía.
Afuera la noche, luna llena brillante. Perros que ladran. Ángeles se acomoda el vestido, se pasa la mano por el cabello. Golpecitos en la puerta.
Angeles: Adelante.
Justo (Entrando): La vi irse en el sulky, con el menor de los Trejo.
Angeles: Vuelve para la cena.
Justo: ¿Es cosa de mujeres?
Angeles: Sí.
Justo: ¿Otra tía enferma?
Angeles: ¿Por qué pregunta tanto de la María?
Justo:. Porque a usted le importa.
Angeles: Es mi… hermana.
Justo: Por desgracia le vino a tocar una hermana mandona. Mi hermana no es así. Es suave como un ternerito recién parido. No sé a quien salió con cinco hermanos brutos y gritones. ¿La quiere conocer?
Angeles: ¿A quién?
Justo: A mi hermana.
Angeles: No sé.
Justo: Le va a gustar.
Angeles: Si le parece.
Justo: Ella sabe todo de mí.
Angeles: ¿Y qué es eso que sabe?
Justo: Cosas.
Angeles: Juega al misterio.
Justo: Juego nomás. El misterio es siempre suyo.
Angeles: ¿Y a qué juega?
Justo: A tenerla prendado de mí.
Angeles: Sigue jugando.
Justo: Francisquita, se llama mi hermana. Ella me ayudó en la huida.
Angeles: ¿¡De qué escapa usted!? ¿De la partida?
Justo (Ríe): Ya piensa como doña María. Me cree un criminal.
Angeles. Usted dijo.
Justo: Cada gaucho tiene su secreto y yo los míos. Pero usted me engatusa con su belleza, me hace hablar aunque no quiera. Me hace decir verdad. No hay nada más pavo que un hombre enamorado, dice mi hermano mayor…
Angeles: Diga de una vez que asusta.
Justo: Del casorio. Del casorio con la tercera de las “Barazzutti”, una gringa áspera.
Angeles:. ¡No le cumplió! ¡Qué vergüenza, Justo!
Justo: Escuche primero. Fue un conchabo que hizo mi familia con las italianas. Ocho mujeres las Barazzutti y ninguna gracia. La primera al convento de monja, la segunda soltera para cuidar al papa, y las otras a cazar maridos para los trabajos del campo. ¿Quién sino le iba a echar mano al viejo Barazzutti con el tambo, la cosecha y los animales? Hacen falta hombres fuertes y “laburantes” como dice el Tano. ¡Imagínese, Ángeles, ocho mujeres! Un castigo de Dios.
Angeles. ¿Y usted fue uno de los elegidos?
Justo: El viejo Barazzutti arregló con el mío. Me compró porque la gringa me había echado el ojo. Mi padre me entregó a cambio de un potrillo negro y brioso. Un potrillo nada más, valía para él. Un potrillo…
Angeles: Como usted.
Justo (Ríe):. Eso dice mi hermanita. Potrillo por potrillo y se le llenaba la boca de risa. Se ensombrece repentinamente. Pobrecita la Francisquita.
Angeles: Se oscureció de repente, Justo.
Justo: Se me vino su carita de virgen. Que sola estará sin mí. Rodeada de ignorantes y pendencieros.
Angeles: ¿Y la novia abandonada, la gringa esa, no lo busca? Seguro le anduvo usted con promesas de amores, los hombres son buenos para ilusionar.
Justo: “Usté” me cree un alma negra. No me tiene ni un poco de fe.
Angeles: Es que anda ocultando cosas.
Justo Ya le dije, todos tenemos nuestros secretos.
Angeles: Si.
Justo: El padre me chuceó las costillas, por la espalda. Traicionero. Lo tuve a tiro para hundirle el facón en las tripas, pero no lo hice. Se armó la trifulca y me escapé. Me anduvo buscando. Cabeza dura. Me escondí en el campo de los Marchetti hasta que me curé. Ayudé en una yerra por acá y levanté una cosecha más al norte. Pasó más de un año pero Barazzutti me la tenía jurada. Que le había deshonrado a su hija. Que ojo por ojo. Cosa de gringo. ¡Qué via deshonrá esa matunga! Si la veía venir y me escondía entre los fardos pa´que no me encuentre. No me crea un cobarde por no enfrentarme al italiano, pero yo no ando de cuchilladas por los caprichos de gringo loco. La vida es cosa seria, Ángeles. (Pausa.) Fue mi hermanita la que convenció al tano, pa´que me deje tranquilo. Lo enredó con su belleza y su juventud. No se que le hizo, o sí sé pero mejor no pensar en eso. La Francisquita se sacrificó por mí. Por eso yo le debo mi felicidad. Le debo ser un hombre feliz porque ella se hizo infeliz por mí.
Angeles: Justo…
Justo: Se van a entender ustedes.
Angeles: María está por volver.
Justo: ¿Y qué? Le pido permiso damos una vuelta.
Angeles: Ni se le ocurra.
Justo: Usted le tiene miedo, como yo al viejo Barazzutti.
Angeles: Respeto, nomás.
Justo: Vamos afuera, mire qué luna.
Angeles: Debía haberse casado con esa gringa fea.
Justo: No me diga eso.
Angeles: Le digo para que no se ilusione en vano.
Justo: ¿Por qué en vano? Si usted me corresponde. Soy un criollo ordinario pero siento las cosas. Las siento acá, Ángeles. Las siento desde que la vi esa noche.
Angeles: Es el trote del tobiano, ya están entrado por el principal. ¡Salga, salga Justo! Váyase.
Justo: Me echa como a un perro. (Intenta abrazarla.)
Angeles: ¡Salga le digo! Que ya se bajó del sulky.
Justo: Mañana, en el monte atrás de la cañada. Si no me promete, no me voy.
Angeles: Le prometo.
Justo (Besándole la mano): La espero.
Entra María. Justo desaparece por el fondo.
María: El “Capitán” está atado.
Angeles: Para que no ande corriendo las gallinas. Perro pavo.
La advierte vestida de Ángeles.
María: ¿Por qué está así?. Me dió palabra que sola no iba a andar así.
Angeles: La esperaba, para mostrarle como me quedó la falda. Le hice una alforza, mire que derechita me salió. Tuve que enhebrar dos veces, pero pude Marietta.
María:. No cumple lo que promete.
Angeles: No es así.
María: (Mira hacia la puerta del fondo. Cogiéndole la falda. Con fiereza.) No le conviene usar este género, Honorio. Es falso. Se le ven los hilos cortos en el entramado. Muy cortos. No le conviene insistir con esta tela. ¿Entendió? Pausa. Resuellan. Dice la curandera que tome agua bendita tres veces al día y le rece al niño Jesús. Usted también tiene que rezar. Si hace un pecado, Dios nos va a castigar y me va a dejar seca. Seca como una vaca vieja.
Honorio: Encendamos unas velas y recemos, María. Recemos.
María: Recemos.
Encienden velas. Rezan.
Fin de la escena 7
Escena 8
Poco después. María está sentada, muy tiesa y con todos los signos de haber llorado largo rato. El vestido que acaba de zurcir está en su regazo. Guarda un pañuelo en la manga del vestido, que usará de vez en cuando para secarse las lágrimas.
Entra Honorio con un rebenque y aparejos del campo. Besa a María en la frente y nota su crispación.
Honorio: ¿Qué pasa?
María: …
Honorio: ¿No tiene arreglo el vestido?
María: No.
Honorio: ¿Tanta mala cara por eso? Compro paño rojo; vi que en el almacén tienen.
María: No es por eso.
Honorio: Peleó con la Luisa? Tantas peleas con esa chinita no le sirven más que para hacerse mala sangre. Tiene que pedirle una hija a Clorinda o a la otra criolla, cómo se llama…
María: Tampoco. La cara es que porque usted me miente.
Honorio: …
María: Me miente. Me dice que me quiere, que me respeta. Pero me miente: usted me odia como a este pueblo porque no tiene ni un pino, ni un álamo, ni un puente donde esconderse para hacer sus cosas.
Honorio: ¿Qué dice? ¿Qué cosas?
María: ¡Me oculta sus suciedades!
Honorio: ¿Qué pasa? ¿Quién anduvo con cuentos acá?
María: Nadie anduvo con cuentos, pero vino el demonio mismo. El demonio en persona.
Honorio: …
María: Vino a pedirle casamiento a la Ángeles.
Honorio: …
María: Se me puso acá adelante, todo orondo, taloneando de deseo por ella, por usted… Y a mí que de la rabia se me iba la lengua de decírselo todo. Se me apareció todo rojo: la mesa roja, las paredes rojas, hasta el aromo afuera se puso rojo ¡el cielo rojo! No quería levantar la vista de la costura ¡para no verlo!, pero hasta el vestido (María se lo tira a la cara) se me puso rojo.
Honorio: ¿Quién vino?
Honorio recoge el vestido, lo alisa, lo acomoda sobre una silla.
María: El matungo ese, el peón suyo. Justo. Justo no sé qué…
Honorio: Viñas.
María: ¡Pero qué chanchada me hizo! Me contó lo de la herida que le curó la Ángeles, usted, lo del perro…
Honorio: No tiene escuchar pavadas. No se acostumbre a oír lo que…
María: Pensé: ¡le digo, le digo ya mismo que la Ángeles esa de la que se enamoró es mi marido, es don Honorio, el patrón suyo que lo manda a cosechar al rayo del sol y le paga poco, poco, para que no se vaya en vicios el jornal! ¡Qué odio, pero qué odio! Porque si se lo digo, es una desgracia…
Honorio: Pero María, Marietta…
María: Me callé como una infeliz. Estoy hecha la sombra de mí misma.
Honorio: María, qué dice…
María: Me tiene agarrada porque si abro la boca, yo también seré una desgraciada. ¡La esposa loca de aquel colono que se viste de mujer! Estaré en boca de todo el mundo; mejor muerta que desahuciada así…
Honorio: ¿Le dijo al Justo quién es Ángeles?
María: Usted quiere irse con ese hombre ¡y dejarme!
Honorio: ¡No!
María: ¡Dejarme abandonada en el campo!
Honorio: Yo no voy a dejarla. Hoy mismo compré dos cuadras de tierra para labrar. No es mucho, no seremos millonarios. Habrá que fatigarse de sol a sol, pero esa tierra es mía y suya, de los dos. ¿Cómo voy a dejarla?
María: ¿Cuándo la compró?
Honorio: Hoy, los políticos lotearon un terreno que era del gobierno: pagaremos con la cosecha de lino, en la primavera. Para que haya paz, dijeron. Es una mentira grande como una casa, es para contentarnos y robar más quintales.
María: Pídale al peón que se vaya.
Honorio: Espere a que termine la cosecha.
María: No, Honorio. Ahora, pídale que se vaya. No me llene de vergüenza.
Honorio: ¿Qué van a pensar los otros, si él se va?
María: ¿Me oye? Pídale que se vaya.
Honorio: ¿Qué van a pensar los otros, si él se va?
María: Me falta; es poca la falta, pero no me viene la sangre. Capaz es un hijo suyo. ¡Hace tanto que rezo que bien podría cumplírseme alguna vez!
Honorio: …
María: ¿Me oye? Pídale que se vaya. Usted va a ser padre; no nos avergüence con ese matungo rondándole las faldas.
Honorio: Está creído que la Ángeles no es…
María: Acabará por saberlo.
Honorio: No puede.
María: ¡Le suplico, por mí, por usted, Honorio!
Honorio: ¿Cómo está tan segura de pronto?
María: Porque está enamorado como un gato y viene y espía cuando cree que no lo ve nadie. ¡Otro que bien querría un pueblo repleto de pinos, de álamos, de puentes donde esconderse para hacer sus porquerías!
Honorio: No voy a decirle que se vaya. Es un peón y trabaja; yo le pago. No voy a hacerle traición porque usted haga un capricho. Llore, no me importa. Yo soy un hombre derecho, no voy a echar a la calle a un pobre hombre que tiene madre y hermanos que lo esperan.
María: ¡No es cierto, no lo espera nadie! Son cuentos que le hizo, lo engatusa.
Pausa.
Honorio: ¿Cómo sabe que está gruesa?
María: Ah. Porque lo siento.
Honorio: Cállese. Yo no lo voy a echar al Justo. Le guste a usted o no le guste. Puede hacer lo que quiera. Pero cállese la boca y salga de mi vista.
María llora.
Honorio sale.
María: No me maltrate, Honorio. Se lo juro: ¡tengo un niño suyo en el vientre!
Vuelve sobre sus pasos, recoge el vestido, sale otra vez.
Fin escena 8
Escena 9
Noche. Los perros ladran.
Honorio lleva puesto el vestido que estuvo cosiendo. Se peina.
Justo parado enfrente, con un ramo de flores silvestres en las manos.
Justo: Si me las recibe…
Angeles: Déjelas sobre la mesa. María las va a poner en un vasito con agua. Se fue con la pavota de la Luisa, a buscar unas puntillas que ella dice tiene su mama guardadas en unos baúles que trajeron del Piamonte. No creo que esa vieja tenga nada valioso, si se le ve en las caras que son unas campesinas rústicas y amarretas… ¿Cuándo le vio a la Luisa un vestido decente? Puros harapos…
Justo: (Lascivo) Yo sólo la veo a usted.
Angeles: No diga…
Justo: Anoche la esperé en el montecito, como habíamos quedado. (Pausa) Me hizo la pera.
Angeles: La María.
Justo: Su hermana no tiene derecho.
Angeles: La María…
Justo: Usted ya está en edad de merecer.
Angeles: Está preñada.
Pausa.
Justo: Cosa de ella y su marido.
Angeles baja la cabeza.
Angeles: No crea.
Justo: ¿Usted que tiene que ver con eso?
Angeles: Ella me necesita.
Justo: Usted no es su sirvienta, si ya tiene a la Luisa, para que la ayude con la casa y las gallinas. Yo tengo unos ahorros y sé que andan vendiendo unas tierras del otro lado de la cañada. No es de la buena, para la siembra, pero para la cría de ganado alcanza. Y también tengo unas vaquitas que me las tiene de favor mi hermano, en su campito. Unas cuantas preñadas y todo. Si usted se viene conmigo, yo le puedo dar un rancho decente y le prometo comprarle unos lindos géneros pa´que se cosa esos vestidos que tanto le gustan.
Angeles: Siempre soñé con uno de novia… con un velo que se arrastre por el piso, tan largo que ni entre en la iglesia.
Justo: El jornal de este viernes, se lo entrego todo pa´que usted se haga de lo que necesite, para el vestido ese que quiere.
Angeles: Uno de encaje nunca tuve. ¿Cómo se sentirá en la piel el encaje?
Justo se acerca y le acaricia el brazo.
Justo: Pruébelo, haciéndose su vestido de novia…
Angeles: No me haga la ilusión, Justo.
Justo: (La toma sorpresivamente por los brazos) ¡Véngase conmigo, Ángeles! Que no ve que me tiene loco… El deseo no me deja dormir en las noches y durante el día cuando el sol nos abraza y nos pone medio zonzos, yo me abandono en mis pensamientos y la veo a usted con esos vestidos tan lindos que tiene, la veo en nuestro rancho preparándome la comida y esperándome con el agua caliente para que nos tomemos unos mates debajo de algún naranjo… (Intenta besarla, pero Angeles escapa) Usted es como una potranca que no se deja domar… hoy usted huele a almizcle…
Angeles: Suelte, hombre. Que no se da cuenta.
Justo: No atienda lo que dice su hermana, qué sabe ella de la felicidad. Deber ser de envidia que la cela tanto.
Angeles: No quiere ver, usted.
Justo: ¡Y qué hay pa´ver! Nos podemos ir ahora mismo. ¡Ni cobro el jornal que me debe el don Honorio! Se lo dejo, si no son más que unas pocas monedas roñosas que no alcanzan ni pal´trago… Vámonos mi Ángeles, vámonos a ser felices…
Angeles: No me haga esto, Justo.
Justo: Qué más puede hacer un hombre por su mujer, que ofrecerle el casamiento. ¿No es lo que todas quieren, acaso?
Angeles: Yo quiero que usted me visite algunas noches, y más nada.
Justo: No la entiendo.
Angeles: No me obligue a la verdad.
Justo: ¡Diga de una vez! Que yo le tengo comprensión.
Angeles: Si le digo, ya no me va a desear.
Justo: (Acercándose) ¡Qué no!
Angeles: Se va a asustar.
Justo: Yo no le tengo miedo a nada. Me han mordido los perros, me han chuceado los gauchos, me han maltratado los gringos, y acá sigo entero como un padrillo que lo han soltado detrás de su yegua…
Angeles: Usted me va a odiar.
Justo: Yo no se de esos malos sentimientos, ni con mis enemigos.
Angeles le acaricia la cara. Luego se aleja.
Angeles: Soy el Honorio.
Justo: …
Angeles: Soy su Honorio.
Justo: ¿El Honorio?
Angeles: Sí, el Honorio, el marido de la María. Su patrón.
Justo retrocede unos pasos.
Justo: Qué dice.
Angeles: Don Honorio Pasamonte.
Justo: ¿Qué es esto…?
Angeles: Usted me obligó.
Justo: Que de pavadas, dice.
Angeles: Digo verdad.
Justo: (suelta una carcajada nerviosa) ¡Ángeles! Yo la elegí para la vida, para los hijos, para los sueños… ¡no voy a estar en amores con un hombre, yo! Justo Viñas enamorado de un hombre… ¡Justo Viñas deseando a un hombre más que nada en este mundo! Qué disparate es ese. Invéntese otra patraña pa´alejarme… Dígame que no me quiere, dígamelo en la cara… anímese, diga que me odia, dígalo…
Angeles: Usted quiso más. Usted no se conformó.
Justo: Nomás quiero lo que me mostró.
Honorio se quita el vestido y queda completamente desnudo. Justo trastabilla, lo mira y llora.
Honrio: Perdóneme, Justo.
Justo: ¿Por qué me hace esto?
Honorio: Usted es hermoso, ya le dije.
Justo: Me revela esta verdad tan profunda que yo tengo. Me pone un espejo en la “jeta” y me obliga a ver esto que soy. No tiene derecho usted a enfrentar un hombre con su verdad, no tiene derecho…
Justo se abalanza sobre Honorio y lo besa.
Justo: Lo quiero, ¡lo quiero!.
Honorio baja la cabeza.
Justo: Lo quiero, Honorio.
Honorio: Su amor me queda grande.
Busca unas monedas y unos billetes y le ofrece.
Honorio: Para su campito. Agarre, que es lo suyo.
Justo: Guárdelo pa´su crío. Le va a hacer falta.
Justo sale.
Honorio recoge el vestido del suelo. Lo huele, lo acaricia y rompe en llanto.
Fin escena 9.
Escena 10 y final
María y Honorio están sentados a la mesa; cenan. El, vestido de paisano, muy demacrado y taciturno. Ella, severa.
María: No come.
Honorio: …
María: Está desabrido.
Honorio: No, está rico.
María: No hay hambre.
Honorio: Algo de eso.
María: Estaba segura que le iba gustar la polenta taragna, allá los lombardos la comen siempre así. Y le ponen el gorgonzola entre medio, cuando la cocinan. Van revolviendo y ponen el queso, de a pedacitos.
Honorio: Tuvo el antojo de comer la polenta así…
María: La polenta de maíz me cansa el paladar. Esta con el trigo negro tiene otro sabor. Los Ésser me contaron que ellos también la conocen; no sé de qué cantón serán…
Honorio: El queso es sabroso.
María: Pero no tiene hambre.
Honorio: …
María: Por hacer capricho, no se puso el vestido que cosí. El bolsillo que le hice, terciopelo rojo, bien delante, como si fuera un mandil… y le bordé con el hilito de oro que conseguí la inicial, una A grandota, con un rulo en la pata de adelante y otro rulo en la pata de atrás. ¿Y todo para qué? Para arrumbarlo en el roperito, que atraiga la polilla.
Honorio: Puede hacer una cobija para la cuna del niño con ese vestido.
María: ¡Pero no! Usted se va a enfermar de esta manera.
Honorio: Con las enaguas, siempre puede hacer las sabanitas, las fundas…
María: ¡Yo no pienso tocar el guardarropas de la Ángeles!
Honorio: Usted jugaba a las muñecas conmigo. Como de niña nunca tuvo muñecas, me usaba a mí. No me quejo, a mí gustaba. Pero ya ve: Dios me castigó.
María (sulfurada, lanza la servilleta que tenía atada al pecho, a la mesa): ¡Pero no lo puedo creer! Que esté así porque se fue ese matungo, ese bueno para nada del peón… Me hace dar una rabia, ¡una rabia!, que me arrancaría los pelos uno por uno.
Honorio: Justo no se fue; yo le ordené que se vaya.
María: ¡Hizo bien! Faltaba nomás que se nos quede.
Honorio: Era un buen hombre, era de trabajo. Me dijo que tenía unas cabezas de ganado, que le cuidaba el hermano…
María: ¡No me haga reír! Ese no tiene donde caerse muerto: peso que le dé, peso que se lo gasta en mujeres y en bebidas. ¡Y no le digo mejor qué clase de mujeres son las que visita, las que se revuelcan con él!
Honorio: María, él dijo que se hubiera animado igual.
María: ¿Qué?
Honorio: A quererme. Que no le importaba que fuera yo.
María: A la Ángeles quiere. Porque la Ángeles es hermosa y elegante. ¡Si se pone el chal con los flecos que le hice, de dos palmos de largo cada uno, y va a la iglesia así, se descuelga del altar hasta San Antonio el Ermitaño para adorarla! ¿Sabe cuál es el San Antonio del que le hablo? El que luchaba contra el demonio de la carne, de las tentaciones de la carne.
Honorio: No, él me quería a mí.
María: No entiende nada, Honorio. Está usted cada vez más bruto y debe ser por el trastorno que le dio tratar a ese infeliz.
Honorio: Con el chal, por mí, puede hacerle una cortina al hijo.
María (entristecida): ¡Ay, si sigue así se va a enfermar! Y yo lo necesito fuerte, ¡su hijo lo necesita fuerte! ¿Quién va a ir a buscar la partera cuando llegue el momento? ¿Quién saldrá en el carro a la hora que Dios lo mande nacer? Por lo menos coma algo.
Honorio: Ya le dije que no tengo hambre.
María va hacia una cómoda y saca una mañanita de lana blanca, primorosa. Va hacia él y se la pone en los hombros.
María: Póngasela, así. Sienta cómo huele: es que la tenía guardada con unas florcitas de lavanda. Qué rica, eh.
María se aleja unos pasos, lo examina.
María (bajo, cómplice): ¿Cómo está, Ángeles? Hace tres noches que no la veo y ya la ando extrañando. ¿Estuvo indispuesta? En esta casa, tiene a su amiga y su amiga la echa de menos.
Honorio: Estoy triste. Eso me pasa.
María: Ese amorío suyo con el … el…
Honorio: Justo.
María: Con ese, nunca recuerdo el nombre: debe ser porque es tacaño. Ese hombre no es para usted: usted es una señorita y él es un… un zanguango, Ángeles. Alguien como usted no puede darle su amistad ni abrirle su alma a cualquiera: tiene que ser a alguien que sea mejor que usted, superior que se dice. Porque si es a alguien que no está a su altura…
Honorio: El era como yo.
María: ¡Pero no, querida! Le parece ahora porque está entristecida. Cuando pase el tiempo, y a la distancia, verá que no era como usted. Era de otra calaña, es de mala ralea. Allá en Italia, mi mamma tenía un amo, y el amo era cetrero, decía ella, porque él criaba pájaros rapaces para atrapar otros pájaros, que después se comían. Y el amo de mi mamma decía que la ralea del halcón son las palomas; la del azor, las perdices; la del gavilán, los pájaros pequeños. Y la ralea del hombre por el que usted se lamenta, Ángeles, es la buena gente, es el corazón del incauto.
Honorio (lastimado): ¡No, María, no!
María (dura): Sí.
Un silencio
María: (Más suave, se acaricia el vientre): No se enferme por el coso ese que se fue. Ya va a ver, cuando tengamos este hijo, lo felices que vamos a ser.
Honorio: Qué segura está.
María: Sí.
María se levanta, se acerca a Honorio y lo besa en la mejilla, con cariño. Arregla su mañanita. Después va hacia la mesa y comienza a levantar los platos.
Ladridos de los perros.
María: ¿Qué pasa con los perros?
Honorio: Hay luna.
María: ¿Qué hay?
Honorio: Al perro le tira el lobo adentro.
María: ¡Hay alguno!
María deja los platos, se asoma por una ventana.
En ese instante, entra Justo armado con una un cuchillo.
Honorio se para, sobresaltado.
Justo: Quédese donde está, doña María.
María: ¿Qué hace?
Justo: Quédese quieta y no le pasa nada.
Honorio: Viene a buscarme.
Justo: Sí.
Honorio: Salgo.
Justo: No hace falta.
María: Usted es un animal, usted es…
Justo: ¡Usted piense en su cría!
Honorio: María, no te metas.
María llora.
Justo: Diga sus oraciones, don Honorio.
Honorio: No tengo a quién encomendarme.
María hace un intento de parar a Justo, pero Justo la aparta con violencia.
Justo le brinda un cuchillo para pelear, pero Honorio no lo toma. O lo toma y lo tira al suelo.
Justo: Entonces muera como un hombre.
Justo se acerca a Honorio, breve lucha y Justo le da dos puñaladas.
Honorio cae.
Justo (escupe): Ahí tiene: eso es un hombre.
Apagón final.
Final de la obra El Corazón del Incauto.


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