(un susurro de alas)
De Sandra Franzen
Primer Premio del 4to. Concurso Universitario de Dramaturgia “Roberto Arlt” Año 2018 Organizado por el Departamento de Artes Dramáticas de la UNA, a través de la Secretaría de Investigación y Posgrado y de la dirección de la carrera de Posgrado Maestría en Dramaturgia.
Estrenada en el Teatro El Método Kairos de la Ciudad de Buenos Aires en el mes de septiembre de 2019. Con las actuaciones de Osvaldo Laport (Trabuco), María Gaddi (Elenita) y Franco Marani (Torito). Música Original de Carlos Irigoyen. Vestuario de Cecilia Bruck. Diseños de luces: Samir Carrillo. Stage Manager: Maximiliano Pouchan. Realizador de Escenografía: Alejandro Rossi. Fotografía: Russarabian. Diseño de Dossier: Magali Montencon. Comunicación: Varas Otero. Escenografía, Producción general y Dirección: Graciela Pereyra.
Personajes:
ELENITA. La que toca el acordeón. (16 años)
TRABUCO (o don Prudencio Imoberdorf) El que quiere ser poeta. (60 años)
TORITO. El domador de caballos. El muchacho que no sueña. (20 años)
La obra transcurre en dos espacios: una galería de casa de campo y la encrucijada de dos caminos de tierra, donde lo único que hay es un árbol con flores y pájaros y mucho sol.
ESCENA 1.
Galería de casa de campo. Una mesa, sillas, bancos de madera, a un costado una pileta de lavar ropa de cemento, arriba un espejo pequeño sobre la pared. Trabuco escribe frenéticamente. El papel se desliza casi mecánicamente bajo el trazo de su lápiz. A un costado Torito limpia una escopeta. De pronto Trabuco detiene la escritura. Torito levanta la vista del arma y lo mira. Trabuco dobla el papel en dos y pega un chiflido. Torito deja el arma y se para frente a Trabuco.
TORITO. Mande Don Trabuco.
Trabuco levanta la cabeza lentamente. Sorbe un trago de ginebra, respira hondo y lo mira fijo.
TRABUCO. Don Trabuco, mis enemigos. Para vos: Prudencio Imoberdorf, nombre criollo apellido gringo. La conjunción perfecta de esta patria que nos tocó en suerte. Podría haber sido el norte, pero no, fue el sur. (Pausa. Lo mira fijo) Para vos: don Prudencio, patrón, señor, don Imoberdorf, jefe, jefecito, nunca Trabuco. Esos, a mis espaldas, cuando creen que no los escucho. (Pausa. Para si) Trabuco, apodo fiero.
TORITO: El cortito de la boca ancha.
TRABUCO: (Lo mira con furia. Torito baja la mirada) No es para poeta. «Almafuerte» ¡Ese es un seudónimo para escribir!
TORITO. Prudencio Imoberdorf, tampoco. De poeta, es.
TRABUCO. (Respira hondo. Dientes apretados. Lee) «Tengo celos del sol porque te besa, con sus labios de luz y de calor, ¡del jazmín tropical y del jilguero que decoran y alegran tu balcón! Mando ya que ni el aire te sonría: ni los astros, ni el aire, ni la flor, ni la fe, ni el amor, ni la esperanza, ni ninguno, ni nada más que yo…»
Silencio. Se miran fijo.
TORITO. Ese bien. Bastante.
Silencio. Una chicharra canta a lo lejos. Se asoma al campo. Brazos en jarra.
TRABUCO: Va a llover.
TORITO. Lo del sol y el jilguero, novedad. A ella los pájaros le gustan. Balcón no tiene y sonrisa menos.
TRABUCO. Yo le sonrío, no ella.
TORITO. (Asomándose al campo) Nubes bajas, tormenta
TRABUCO. Es Almafuerte.
TORITO. Desconozco.
TRABUCO. No te suena.
TORITO. No.
TRABUCO. Un seudónimo para escribir poemas (Pausa. Lo mira) Pedro Bonifacio Palacios. Nacido en San Justo, provincia de Buenos Aires.
TORITO. Los «Hartemann, de la Curtiembre de los Nanzer al oeste, un «Palacios» en la peonada. Domador de caballos. De los buenos. ¿Será poeta?
TRABUCO. (Suspira. Le entrega el papel) Llevále. Antes que llueva.
TORITO. ¡Recién, Patrón! (Trabuco hace un paso hacia Torito. Este retrocede) ¿Y a este cómo lo firma? ¿Trabuco o Almafuerte?
Trabuco se toma otro trago de ginebra y levanta su fusta. Torito sale corriendo con el papel.
TRABUCO. Va a llover y yo seco de versos.
Toma el lápiz, moja la mina con la lengua, mira el papel un instante y se lanza nuevamente con furia a la escritura.
ESCENA 2.
Cruce de caminos. Un árbol. Flores. Pájaros. Sol brillante. Elenita toca su acordeón sentada sobre el estuche del instrumento. El flequillo metido entre los ojos y la mirada perdida por el regocijo de la interpretación. Llega Torito corriendo. Se para frente a ella. Espera. Escucha. Elenita termina con la “polka”. Lo mira.
TORITO. (Le extiende la mano con el papel. Agitado) Otro, ahí, él, que te traiga. ¡Fresquito! Poema.
Elenita pulsa unas teclas con impaciencia. Torito la mira. Sigue con el brazo extendido, el papel en la mano, ofreciéndoselo. Elenita abre el fuelle del acordeón y lo cierra de una sola vez con un sonido agudo. Torito no se mueve.
TORITO. En mano, él, a vos, que te dé. Hoy con todo. Ya otro listo. A la vuelta.
Elenita oprime una tecla y deja que el sonido fluya suave y lento. Torito insiste con el papel.
TORITO. No es amor, ni lo creas. Poeta, quiere. No puede. Se cree mejor. Sí, él es dueño y yo no. Quien sabe todo cambia. Si la oruga es mariposa. ¡Todo cambia! ¿No, Elenita?
Elenita deja el acordeón en el suelo con suavidad. Agarra el papel, lo mira como sin saber que hacer. Abre el estuche del acordeón. Adentro está lleno de papeles doblados. Lo presiona con la mano y lo mete con los otros. Cierra el estuche.
TORITO. Es de un tal «Palacios» que se hace llamar «Almafuerte». De provincia de Buenos Aires. No firma con su nombre, esconde algo. Yo avisé. (Elenita lo mira. Se sopla el flequillo) Qué tendrás guardado ahí adentro vos. (Pausa) Digo, en tus pensamientos.
ELENITA. Averiguá.
Torito se sonroja. Retrocede unos pasos. Mira al cielo. Encandilado.
TORITO. Allá nubes, acá sol. Trabuco truena. Elenita brilla. Qué cosa el clima.
Elenita levanta el acordeón y lo acomoda entre sus piernas abiertas. Deja expuestos sus muslos blancos y tersos. Vuelve a tocar. Ahora un valsecito arrastrado, cansón. El peón le sonríe, no le quita los ojos de encima mientras retrocede unos pasos más y le hace una pequeña reverencia. Sale corriendo.
ESCENA 3.
Galería. Un relámpago cruza el cielo. A lo lejos un bramido. Trabuco escribe incansablemente. Torito parado detrás juguetea con la escopeta. Apunta a diferentes lugares y hace como que dispara. Trabuco advierte movimientos y deja de escribir. Sin mirar a Torito.
TRABUCO. ¿Y ahora?
Torito baja el arma automáticamente.
TORITO. Practicaba.
TRABUCO. Qué.
TORITO. Posiciones. Platillo, pichón, blanco. Calibre 16. “Beretta Lupara” original. Lindo instrumento. De colección. Mi abuelo una. Lo enterraron con ella. Lástima. Ultima voluntad. ¿Me la regala, patrón?
Trabuco vuelve a su escritura. Torito se para detrás de Trabuco y espía los papeles que éste escribe. Sostiene el arma a un costado, apoyada la culata en el suelo. Le respira en el cogote.
TRABUCO. (Fastidiado) ¿Qué hacés?
TORITO. Miraba nomás.
Un relámpago en el horizonte. Los dos lo advierten.
TRABUCO: ¿Entonces?
TORITO: Pensaba si escribir sirve de algo.
Pausa.
TRABUCO. ¿Le llevaste?
TORITO. Como mandó.
TRABUCO. ¿Y?
TORITO. Nada.
Silencio. Trabuco golpea sobre la mesa.
TRABUCO. ¡Esa blanquita soberbia! Patas flacas. Labios finitos. Las de labios finitos son puercas. Se le ve en la sonrisa. Se hace la acordeonista. De familia de artistas dice que es. Se inventa el pedigrí, la potranca. ¡Cirqueros, payasos! Se llevaron los leones y dejaron la guachita. La tiraron como sobra en el chiquero de los Forni y ellos de corazón grande como una casa la recogieron y la criaron para sirvienta. Se la podrían haber dado a los chanchos. Y ella como si fuera la gran cosa. Una recogida, una criadita, …
TORITO: Toca unas lindas “polquitas”.
Trabuco tira todos los papeles al suelo. Torito quiere levantarlos. Trabuco saca su fusta y le pega en los dedos. Torito retrocede como un gigante asustado aún con la escopeta en la mano.
TRABUCO:¡Andá a encerrar las vacas que se hace tarde para el ordeñe! Ojo con «la Alfonsina» que está medio chunga. Tenéle paciencia. Andá con la yegua vieja porque el padrillo se escapó otra vez. Andará en lo de algún vecino, el matungo. ¡Guardá esa arma, la vas a gastar de tanto limpiarla! Esa escopeta vieja toda oxidada no sirve ni para un museo. ¿Dónde la encontraste, en el sótano? ¿No sabés que las carga el diablo? ¡Andá! Y volvé después del ordeñe que voy a tener otro listo.
Trabuco vuelve a su escritura. Detrás Torito saca los dos cartuchos del arma, que estaba cargada, y se los mete en el bolsillo. Deja la escopeta.
TORITO. ¿Por qué no le habla? Por lo menos sorda, que yo sepa, no es.
Trabuco golpea sobre la mesa, cae la ginebra y moja todos los papeles. Toma nuevamente su fusta y lo saca a fustazos en las patas.
TRABUCO. ¡Rajá de acá, infeliz! (Lo sigue hasta afuera y le sigue gritando) ¡Y destetálo a «Gustavo Adolfo» que ya mamó suficiente! Que se vaya arreglando solito. No va a pensar que tiene privilegios. A «Rubén Darío» y a «Víctor Hugo» me los apartás, esos van a la feria de cabeza. Ya engordaron lo necesario: ¡al matadero que joder! ¡Y buscalo al padrillo! A ver cuándo lo amansás. Seguro está en el maizal de los “Braida”. (Toma uno de los papeles y hace un bollo con rabia) Ya me va a salir algún verso, la puta madre. Ya me va a salir. Será que no estoy hecho para la poesía. (Grita) ¡En dos horas, acá, te dije! (Mira la escopeta) ¡Mirá el lustre que le sacó el desgraciado! (Mira el cielo) Que llueva de una vez o las vacas van a tener que comer pedregullo… Mirá que linda palabra me apareció. Pedregullo… (Se abalanza sobre la mesa y escribe con frenesí) pedregullo… orgullo….
ESCENA 4.
Cruce de caminos. Árbol. Elenita quieta bajo el sol. A los pies, su acordeón. Ella mira hacia el cielo. Simula que habla con un pájaro. Torito al resguardo del árbol, la mira. También mira hacia el cielo de vez en cuando como buscando ese pájaro.
ELENITA. Tomaría un trago de agua. ¡Dejáte ver pájaro de mal agüero! Parece un llanto tu grito. Pájaro con protesta. ¡Da la cara! ¡Mostrá el pico!…. Agua… Una nube sería una bendición. ¡No te quejes! Por lo menos tenés alas. La naturaleza fue pródiga con vos, ¡pájaro verde! Sin especie, sin nido. Somos iguales. Pájaro solo. Tomaría otro trago de agua. No es época de milagros. ¡Se me van a caer los ojos! Se me caen. ¡Te los querés comer, pájaro goloso! Son color cielo, pero están nublados. ¿Será que no llueve porque las nubes están en mis ojos? ¡Qué incendio, mi cara! ¡Qué ardor esta nariz derretida! Ahora sí que tomaría agua. ¡Hacés gala de tus plumas, pájaro maldito! Qué dolor estos labios en gajos, esta lengua reseca que me tala la boca. Te quejás, pájaro deslenguado, te quejás, desbocado. Un alarido tu graznido. Un alarido… (Para sí) Más, dame más…
TORITO. ¡Correte, Elenita! Del sol, ahí.
ELENITA. (Mira de reojo a Torito) ¡Ay, pájaro fisgón!, ¿qué buscás?…
TORITO. ¡Te insolás!
ELENITA. ¡Te aprovechás de mí, pájaro superlativo!
TORITO. ¿¡Qué hablás!? ¿Te hacés la artista o qué?
ELENITA. (Se acaricia el cuerpo sensual) Lo hacés todo más rápido. Tu corazón late más rápido, tu sangre es más veloz, tu cuerpo es más virtuoso. Y yo acá como una estaca. Dura, ardida, inmóvil.
TORITO. (Jadea suavemente. Se pasa la mano por la cara) Quema, acá. Los sesos.
ELENITA. Tenés plumas. Tenés plumas y yo no tengo. ¡Plumífero del diablo! Lo único que tengo es este cuerpo encendido. (Mira nuevamente de reojo a Torito) Acá estoy pájaro bobo, atrevéte a hundirme tu pico… Picáme, pajarón. Acá me quedo. Me aguanto. Estoy.
TORITO. (Con la respiración acelerada) ¡No entiendo yo! Qué vos querés.
ELENITA. (Se pasa sus manos por su cuerpo transpirado) ¡Qué lejano tu vuelo, pájaro zonzo! Qué lejano y que vacío. Que sola estoy. (Pausa. Mira alrededor) ¿Estoy sola? Sí. Quedé sola. ¡Te gané pájaro bobo! Estoy sola de sol. Sola asolada.
Torito avanza hacia ella con paso dudoso. Mira para todos lados como si alguien los vigilara.
TORITO. (Mira al cielo). ¿Qué ganaste, Elenita?
ELENITA. ¿Dónde estarán mis queridos? ¿Dónde, los míos? Te escondés, pájaro provocador.
TORITO. ¡La fiebre nomás! Se te vino ¡La Eduviges que te cure! Busco. Te echa un rezo, te enfría. Igual que al padrillo, ayer. Un «santiamén» y ahora rompió el alambrado y está en el maizal de los “Braida”. Estropicio. El Trabuco, que lo enlace. ¡Él! Que vaya. ¡Ni afiebrado se deja! La Eduviges, la temperatura…
ELENITA. Estoy rodeada de excesos, tantas palabras dichas porque sí, tantos papeles escritos sin sentido, tanto, tanto de todo, menos de lo que yo necesito. (Al cielo. A Torito) ¿Volviste pájaro querendón? Hiciste trampa. Tenés el pico húmedo, tomaste agua…. ¡Falso Pájaro! Estas vencido. (Torito frente a ella) ¡No me amenaces con tu ojo profundo!
TORITO. Está grave la cosa. ¡Quieta! ¡Traigo a la Eduviges nomás!
ELENITA. (Levanta su acordeón y empieza tocar una polka) ¡Pájaro tramposo! ¡Dame de beber de tu pico! Cubrime con tus alas doradas, protegéme del implacable… protegeme del escriba… protegéme de los desentendidos…. de los tarados… (Baila frenéticamente. Repentinamente deja de tocar. Se para y levanta los brazos al cielo) Este pájaro me odia.
Elenita cae fulminada. Torito la toma entre sus brazos.
TORITO. ¡Puta carajo! ¡Te quemaste! En la cabeza, el sol. (La sacude) ¡Elenita! ¡Hablá que entienda!… Fácil y rapidito. ¿Qué hacer?… ¡Elenita!
Repentinamente Elenita abre los ojos y lo besa. Torito se suelta y cae sentado. Elenita ríe a carcajadas.
ELENITA. ¡Te asustaste, tonto! ¿No ves que estoy jugando? Juego de palabras, de palabras peligrosas. ¡Hasta el pájaro sabe que es un juego!
TORITO. ¿Qué pájaro? Te chifla el moño. A enlazar al padrillo, mejor. La ligo yo si no.
ELENITA. Tan grandote y tan miedoso.
TORITO. No seas malita conmigo, Elenita. No seas malita…
ELENITA. Es un juego, que jugaba de niña. A la hora de la siesta. Un juego que me inventé con mi familia que me inventé. A ver quién aguantaba más bajo el sol. Mi hermana Eleonora siempre ganaba. Enrique era el primero que salía corriendo a refugiarse en el árbol más cercano. Eleonora recitaba poemas con los ojos cerrados hasta que el sol la calcinaba. Los poemas que le enseñaba mi madre. Caía al suelo y los pájaros le revoleteaban en la cabeza pensando que sería una presa, un bocado para ellos. Eleonora no era la comida de nadie. Yo me concentraba en algo, en una flor, en una vaca, en un colibrí. En algo. Y le hablaba para aguantar. Más aguantaba, más tiempo estaban ellos conmigo. ¿Dónde estarán, Torito?… ¿Dónde?… ¿Se inventarán un juego sin mí?… ¿Con qué nombre me piensan? ¿Dónde están los colibríes?…
TORITO. Sobre las flores.
ELENITA. Esta noche me baño en el estanque. Como cada noche. Ya lo sabés, para que te lo digo.
Elenita se levanta como un rayo y sale corriendo mientras ríe a carcajadas. Torito saca un papel doblado en cuatro del bolsillo y lo sacude en lo alto.
TRABUCO. ¡Otro! El Trabuco. Manda. De un francés. No digas, yo dije. ¡Leélo! Después la ligo. Ni los mirás. Elenita, vos. Yo averiguo, pero. Fea la cosa se viene. El estanque a la noche. Ya sé. Yo voy, pero. Si el viejo. No sé. Castigo. El agua, la luna. El búho. Tu cuerpo Elenita. Yo voy. Él sabe. Él ve todo. No sé.
ESCENA 5
Galería. La canilla que gotea. Un ramo de rosas silvestres color rojo sobre la pileta de lavar ropa. Un sombrero negro en el suelo. Sobre la pileta un espejito redondo. Trabuco se afeita con una mano y con la otra sostiene un libro de Rimbaud que lee de soslayo. Tiene la cara llena de jabón. Su torso sudoroso y desnudo. Sólo lleva puesto su pantalón.
TRABUCO. Rimbaud. El poeta maldito. El francesito maricón. Cara de ángel, culo en flor. La puta que lo parió. (Un punto rojo aparece en su mentón). Mocosito pervertido. Un adelantado, el impresentable. Una mariposita, esa pluma genial. ¡Carajo con esta mierda! (Otra gota de sangre en su cachete). Me gustaría escribir como Rimbaud. Pobre muchachito triste. La genialidad temprana te debe volver un poco loco, un poco malo… ¡Me cago en ese puto y su puta madre! (Otra gota de sangre en su cara). Los visionarios no enamoran, espantan. Mala elección Rimbaud. (Tira el libro) A Elenita no le gustó. Ni una mirada. Mucho poeta para una arrimada (Se seca la cara. Se pone la camisa y se abrocha hasta el último botón. Levanta el sombrero del suelo y le sacude el polvo. Grita hacia afuera) ¡Torito! Ensilláme la yegua. Ponéle la mejor montura. (Pensativo) Machado… No, no, no quiero recurrir a Machado. Algo mío. Algo verdadero… (Se pone el sombrero y se da unas palmadas en el pecho) que me salga de acá. (Suspira. Se mira al espejo y se acomoda el sombrero) Qué sequía. Tendrá razón mi madre. La poesía no esta hecha para mí. No es de poetas este pueblo. (Mira la vastedad del campo. Un relámpago en el horizonte) Árida la tierra, árida de palabras… (Entra Torito agitado)
TORITO. «Doña Victoria» está ensillada, como el patrón mandó.
TRABUCO. (Mira fijo a Torito) ¿Vos pensás que Machado podría conmoverla?
TORITO. (Le sostiene la mirada) ….
TRABUCO. Machado, el poeta. No el que arregla molinos.
TORITO. No sé.
Silencio. Se miran, se estudian.
TRABUCO. Algo sabés.
TORITO. Nada. ¿De qué?
TRABUCO. La mirás. Yo te veo a vos cuando vos la mirás a ella.
TORITO. No miro nada.
TRABUCO. No te conviene mentirle al patrón, al que te da de comer.
Silencio. Torito baja la mirada.
TRABUCO. La observación es el principio de la creación. Y vos estás creando algo grande, con tanto mirar.
TORITO. De poesía, nada. Yo.
TRABUCO. (Avanza hacia él y Torito retrocede) Pero sabés de sus tetitas blancas cuando se baña en el estanque a la luz de la luna. De esos pezones como dos maripositas adormecidas… (Lo manotea en la entrepierna) Sabés de su lengua rosada como su vientre, de su triángulo oscuro y mojado…
TORITO. (Al borde de las lágrimas) A la noche duermo, señor. Día largo, trabajo mucho.
Torito, el gigante, retrocede. Trabuco, el pequeño, está agarrado a él como garrapata.
TRABUCO. ¡Será que tengo que pensar en Amado Nervo! (Lo suelta, pero sigue sobre él. Entre dientes) Odio a Nervo. Tal vez a ella le guste esa golosina romántica. ¿Será Nervo?
TORITO. ¡No lo conozco!
Trabuco deja de acosarlo. Torito solloza como un niño.
TRABUCO. Las noches de luna son claras, Torito. Las noches de luna lo dejan ver todo: los cuerpos, el deseo, el ansia. Todo a la vista. El estanque, la luna, el reflejo. Todo a la vista.
Trabuco suelta una risotada, se mira al espejo y se acomoda el sombrero. Sale.
TORITO. No sé de poetas, de Elenita sé. (Suave. Levanta el ramo de flores que Trabuco olvidó). Las flores a ella, no. Tampoco sus poesías. Ni enamoramientos, ni versos al oído. Nada de usted. Nada que le dé. Nada. Yo sé. Hablar a los pájaros, le gusta. Los juegos también. ¡Y la música! Elenita y su acordeón. Estuve averiguando, ella pidió. Es todo fuego. Cuando explote y mí me va a quemar entero. (Pausa. Grita) ¡Se olvidó las flores, patrón! (Sonríe) A ver quién es el ignorante, ahora. (Sale corriendo con el ramito) ¡Las flores, patrón!
ESCENA 6
Sol. El árbol. Flores. Elenita sentada sobre el estuche del acordeón de piernas cruzadas. A sus pies el instrumento. Se sopla el flequillo. Trabuco frente a ella. Camisa abrochada hasta el último botón. Sombrero. Un ramito de flores silvestres evidentemente cortado en el camino y al pasar. Amaga entregárselo, pero como ella no mueve un sólo músculo, retrocede. Juguetea con el ramito. Se golpea con él las piernas. Amaga tocar el acordeón y Elenita por primera vez lo mira fijo. Trabuco retrocede. Un pájaro grita a lo lejos.
TRABUCO. ¿Querés que te recite?
ELENITA. No.
TRABUCO. Sé una nueva de Víctor Hugo que salió publicada en el suplemento cultural del domingo en el diario de la capital. Una recopilación de la Profesora María Cristina Bullón viuda de Arteaga Paso. ¿Te acordás de María Cristina? Sus padres tienen campo detrás del monte de eucaliptos. No te acordás, claro, sos tan jovencita, tan pequeñita. Ni habías nacido. María Cristina se destacó desde la primaria. Ya lo decía mi madre que la tenía como alumna: «la chica Bullón escribe con estilo». Al final estudió el profesorado y nunca escribió ni un poema. Destino raro el de este pueblo. Existe el deseo de escribir, pero por alguna razón, vaya a saber cual, acá nadie escribe. Ya lo decía mi madre. Tratamos, claro, alguna línea, algún terceto, una quintilla sin mayor éxito como las que te mando cada día. Tiene que ser el clima o la geografía, pienso yo. María Cristina me pasaba alguno de sus intentos, quería mi opinión. Cuentos. «Cuentos autóctonos» los llamaba ella. Vaya a saber qué quería decir con la historia del «guasuncho pardo» y «el tero lagunero». No son temas para la colonia. A la leyenda del «petiribí rojo» la dejó inconclusa porque al final perdió el entusiasmo. En fin, yo le decía que escriba algo de ella, de nosotros. Su familia no era de acá. Nada que ver. Apellido de otra zona. Otra cultura, otra manera de vivir. Encima se casa con un Arteaga Paso. Que nada más estuvo de paso por acá. Se lo vio tres o cuatro veces y nunca más. Un tipo de la ciudad. Trabajaba para un consulado o algo así. Después se murió. Creo que era licenciado, o doctor, o nada. Bueno, con ese apellido quién necesita un título. En lo descriptivo, María Cristina se defendía. Pero cuando se metía más profundamente con la flora y la fauna, la erraba. Linda chica, castaña, tirando a morocha. Distinta en la zona. Ojos marrones como su madre, no azules como los tuyos, Elenita. No eran gente de acá. Eso sí, tenían mucho campo. El viejo Bullón compraba campo a más no poder. Las escrituras las firmaba sólo los días viernes. Decía que era tradición familiar. Para mi era una estrategia del negocio. Era un viejo bicho. Sobre él tendría que haber escrito María Cristina. Ahora organiza el suplemento cultural del matutino capitalino. Se conectó muy bien. Con esos apellidos, ¡directora del diario tendría que ser! Enviudó joven, pobrecita. De Arteaga Paso lo único que le quedó fue la alcurnia, porque la plata la tiene ella. Me gustaría verla algún día. A lo suyo lo hace muy bien. A veces le permiten escribir alguna reseña biográfica sobre el autor recopilado. ¡Qué necesidad!, con todo el campo que tiene. Don Juan Pedro Bullón murió al año pasado. Ella única heredera. ¡Mucho mejor!, así no se divide la tierra. Eso decía mi abuelo. ¿Querés que caminemos por el potrero del lino?
ELENITA. No.
TRABUCO. Por el maizal de los «Braida» tampoco, porque las hojas te cortan todo. Los «Braida» sembraron maíz este año. Formó un lindo choclo. Buen grano. Con una lluvia más se pone a punto. Lo van a tener que cosechar ahí nomás o se les pasa. Aunque no creo que llueva en varios días. Tal vez los «Braida» pierdan la cosecha este año. Así es el campo. Así es la vida. Te da, te quita. A veces se cosecha lo que se siembra. Muchas otras veces se siembra y no se cosecha nada. Entonces viene el resentimiento y la sequía. El vacío. (Pausa)Yo al final voy a sembrar soja. ¿Te dije?
ELENITA. No.
TRABUCO. Y sí. Decidí. Ya preparé la tierra. Después la dejo descansar un año. La soja te rinde, pero te destruye. Y yo es lo único que tengo. Es bastante no vayas a creer. Casi cien hectáreas. Para una familia da muy bien. Se puede mandar a los hijos a estudiar a la universidad. Alcanza para vacaciones en el mar o la montaña. Eso se ve. Con niños me parece mejor la montaña. Menos peligro. En la playa por ahí te das vuelta, chau, se los tragó el mar. ¡La cantidad de chicos que habrán desaparecido!… ¿Querés conocer el mar?
ELENITA. No.
TRABUCO. Te gusta más la montaña. Es otro paisaje. Tiene más variedad. Nosotros fuimos durante 20 años todos los veranos. Para desentenderse de la llanura decía mi padre. La montaña tira porque son los orígenes. Es algo en la sangre que no se puede explicar. Te viene de herencia. Como la música. Claro, vos de herencia no sabés. (Elenita lo mira con ojos de puñal) ¿No querés tocarme algo?
ELENITA. No.
TRABUCO. Te reservas para ocasiones especiales. Como las bodas de oro de los «Blatter». La interpretación de un instrumento es un virtuosismo que hay que preservar. Familia importante los «Blatter». Muchos invitados. Un repertorio fiestero, me imagino. Mucho «Barrilito de Cerveza», unas cuántas polkas, y algunas marchas tradicionales. Un acordeón te invita a bailar…. y a tomar. Corrió mucha cerveza. Con el calor que hace estos días. Los «Hermanos Gauna» hicieron el asado como siempre. La costilla estaba un poco cruda, eso se comentó. De lo tuyo no escuché nada. Bueno, que cuando no tocabas bailabas con el Torito, mi peón. De la interpretación musical: impecable, por supuesto. ¿Terminó tarde? Nadie habló de eso.
Elenita respira hondo, se sopla el flequillo metido entre los ojos. Levanta el acordeón.
TRABUCO. Gracias por la conversación, me voy yendo. Ya se pone el sol y… Acá te dejo las flores si después las querés poner en agua o no. No sé como te gustan las flores. O tal vez no te gustan. Puede ser que te den alergia como a mi madre, a ella la nariz se le ponía roja y le empezaba a llorar un ojo. Los pajaritos te gustan, ¿no? La próxima te enjaulo un pechito rojo y te traigo.
Elenita cierra el fuelle del acordeón de un solo movimiento y produce un ruido fuerte y corto. Trabuco se calla unos segundos.
TRABUCO. ¿Te querés casar conmigo?
ELENITA. No.
TRABUCO. El rengo «Eberhardt», el que tenia campo del otro lado de la ruta, la pretendió a la chica «Ruppen» muchos años. La del medio, la más gordita, la simpática. Ella no quería saber nada. Lo veía al rengo, salía corriendo. Una maldad, porque él no la podía alcanzar. Él le dejaba una golosina en la ventana. Ella la revoleaba a la vereda. Los chicos de al lado ya sabían. Lo veían venir al rengo, se escondían atrás del tapial. Esperaban que él deje los dulces, la María Rosa los tire y ahí los pibes los buscaban entre los pastos. Años comiendo chocolatines de arriba. Los pibes crecieron, se casaron y se fueron. No sé que pasó después con la golosina… Al final quedó sola, la María Rosa. Los padres se murieron, las hermanas se fueron a estudiar a la ciudad. Nadie se le acercaba. Todos respetaban las intensiones del rengo. Tantos años, se la merecía. Eso comentaban todos al menos. Y le dijo que sí. Sí, le dijo. Hijos no tuvieron, se pasó el tiempo. Hablando de una cosa y de otra se pasó el día. No hay nubes por acá. Un sol rojo como el mismo infierno. (Se rasca la nuca) Paso otro día y seguimos…. Qué Dios me la conserve tan bonita, tan silenciosa, tan musical. (Pausa. Duro) No sé si voy a tener la paciencia del rengo «Eberhardt». En verdad, ya no tengo paciencia, Elenita.
Trabuco se va con paso ligero. Elenita toca con su acordeón un nostálgico vals.
ESCENA 7.
Luna. Noche. El árbol. Torito y Elenita muy juntos. Algún pájaro canta a lo lejos.
ELENITA. Anoche me espiaste. Otra vez.
TORITO. Yo no. Es él.
ELENITA. Eras vos. Te conozco la respiración. El jadea como toro viejo, vos como torito.
TORITO. (Ingenuo) Era yo. (Avergonzado) Salgo en la noche y miro el horizonte. Y vos estás ahí, en el medio de esa línea. Como un relámpago, un rayo de luz. La noche se enciende cuando aparecés. Cierro unos segundos los ojos, para no pecar. Entonces el viento me trae el perfume de tus cabellos, aroma de lirios, color del girasol. La naturaleza se pone de mi lado: el viento, la noche, la luna, todo me acerca a vos. Se me llena el cuerpo de vos. Me duele acá en el pecho, acá en el estómago, acá. Abro los ojos y estás ahí toda plateada, toda mojada. No puedo dejar de mirarte. No puedo. ¡No te bañes más en el estanque! No me hagás tortura.
ELENITA. (Sonríe) ¡Como se te vienen las palabras de repente!
TORITO. Cuando te veo desnuda se me viene todo: palabras, saliva, sangre. Me arde todo.
ELENITA. (Ronronea como un gatito, refregándose en el cuerpo de él. Torito está tieso como un niño asustado) Mi cuerpo busca el agua fresca. Tanto sol de día. Necesito un poco de luna. Un poco de noche. ¿Vos tenés noche, Torito? ¿Tenés luna?
TORITO. (Temblando) Te traigo el cielo cuando vos me digas.
ELENITA. No quiero el cielo. Tocáme.
TORITO. Él nos está mirando. Él sabe todo.
ELENITA. Tocáme igual.
TORITO. Se viene castigo.
ELENITA. Si ahora te ofrezco las rosas, mañana podrás soportar las espinas. ¿Pega fuerte su látigo? ¿Llega hasta tu carne? ¿Te puede lastimar realmente? ¿O su fuerza radica en tu debilidad? Tocáme acá que te fortalece. ¿Ves cómo se va el temor y aparece el deseo? Tocáme acá y él sólo va a ser una sombra que habla. Una sombra flaca con un ojo débil que ya no ve. Tocáme profundo….. Separáme. Lleváme al trote, Torito. Galopáme…
Torito la toca y la besa con desesperación. Los pájaros trinan a lo lejos. La luna ilumina los cuerpos que son uno. Él la aparta suavemente. Resuella y llorisquea.
TORITO. El viejo.
ELENITA. Ya sé.
TORITO. ¡Te dije! ¿No lo ves?
ELENITA. Huelo rancio.
TORITO. Rancio, qué palabra es esa. No empieces…
ELENITA. Su olor me lastima.
TORITO. Como animal en celo.
ELENITA. ¡Tocáme Torito! ¿No sentís su presencia? Se nos mete en la nariz, en la piel. No deja que nos amemos.
TORITO. Él te pretende, Elenita.
ELENITA. Nos aparta. Nos aleja. El persiste. El domina. No cedas. No cedas, mi amor.
TORITO. ¡Él manda, es el patrón!
ELENITA. Vos sos más joven, más fuerte.
TORITO. Él tiene el campo y los animales.
ELENITA. Vos mi cuerpo.
TORITO. Él su látigo.
ELENITA. Soñá Alcides, soñá.
Torito la mira profundamente, la besa y abraza con pasión arrebatada. Los cuerpos enmarañados caen sobre la gramilla mojada por el primer rocío. Frenesí.
ESCENA 8
Trabuco camina de un lado al otro de la galería. Torito limpia la escopeta.
TRABUCO. No quiere flores, no quiere poemas. No quiere por las buenas, entonces quiere por las malas. Me la traés hoy antes que rompa la tormenta. Que se lave sus partes y se ponga un vestido limpio y fresco. En el botiquín hay una colonia de lavanda que era de mi madre. Que se perfume. Y el cabello que lo lleve suelto así parece más mujercita.
TORITO. ¿Y si no quiere?
TRABUCO. Mansita me la traes.
TORITO. Hace su voluntad.
TRABUCO. Si amansaste al padrillo, poca resistencia te puede ofrecer una «guachita» con dos patas.
TORITO. No es animal pa´ arrear.
TRABUCO. Casi, Torito, casi. No habla. No ríe.
TORITO. (Resopla) ¡Eh!…
TRABUCO. (Lo estudia) Con vos se ríe, ¿no? (Torito mira el piso) ¿Vos la hacés reír? ¿La hacés hablar? ¿Qué le hacés? ¿Me querés contar o querés que te cuente yo? (Le pega un sopapo suave en la cabeza, luego otro más fuerte y otro más fuerte aún. Trabuco aprieta la escopeta con fuerza) Ponés cara de tonto. De afiebrado. Últimamente estás muy acalorado. Sudás como el cerdo que sos. Estás desbocado igual que el padrillo. (Le toma el mentón con fuerza y le sacude la cara). Noches intensas y días adormilados. ¡Me la traés de los pelos, o a patadas en el culo, o como más te guste! ¡Me importa un carajo! Me la traes porque yo soy el que mando.
TORITO. Tiene 16 y está un poco de la cabeza.
TRABUCO. ¡La puta madre, peón de mierda! ¡La quiero esta noche acá te dije! Yo sé tratar a las mujeres. Si no preguntále a las putas del boliche del Turco, me prefieren. Dicen que soy un señor. No les pego, les digo versos a los oídos. Como señoras, las trato. No le va a faltar nada a la piba. (Pausa. Suplicante) Convencéla. Ella te va a escuchar. Hablále de mi, de lo que yo le puedo ofrecer. A vos te habla.A los pájaros también. Le habla a un pájaro y a mí me ignora. A mí que soy un hombre decente, que me baño todos los días. Que intento escribirle un verso cada mañana. Yo sé que no soy poeta, pero me esfuerzo para el amor. Y el esfuerzo tiene su recompensa. ¡Y tengo 100 hectáreas que no es poco! ¿¡Sabrá lo que son 100 hectáreas, no!?
TORITO. Ella entiende todo. Chiflada, pero bien viva.
TRABUCO. ¿Qué habla cuando está al sol? ¿Qué habla? ¿Qué? ¿De qué habla cuándo hace que habla con los pájaros? ¿De qué? ¿Del tiempo? ¿De la cosecha? ¿De música? ¿De qué mierda?… ¿Por qué no llueve? ¿¡Por qué está todo tan seco!?
TORITO. Juega, se inventa. Algo de la familia. No sé. Lo que no tiene. Los pájaros, el sol, le hacen familia. Lo que le falta, sus deseos.
TRABUCO. ¿Deseos? ¿Qué deseos va a tener? ¿Qué familia? ¡La dejaron tirada! Como quien tira lo que le sobra. Deseos…
TORITO. ¿Qué le gusta de ella? ¿Qué? Dígalo con sus palabras. No Almafuerte. No el francesito marica. No el otro, el que arregla molinos… ¡Dígalo usted! Lo que siente ¡Diga lo que ella es para usted, y yo se la traigo!
TRABUCO. ¡Yo la quiero para mí!
TORITO: Eso ya la sé. Yo decía lo otro. (Pausa) La Elenita toca una «polkita» y todo florece a su alrededor. Los colibríes aparecen de la nada. Es como magia. Es como ella. Los jazmines sueltan su perfume, el sol se pone más brillante, las chicharras cantan más fuerte. Todo se enciende.
TRABUCO. ¿Desde cuándo hablás así? (Lo mira fijo. Suspira como vencido) Debe ser la llanura que nos trastorna. No somos de llanura nosotros, los gringos. Nos obligaron a crecer acá. ¿Por qué alguien que nace en las montañas elige morir en la llanura? Sólo por desesperación. Qué tristeza, qué dolor esta planicie. (Pausa) Andá traéla. Es buena noche para el amor. Necesito mujer. Para la descendencia, para que guise mis cenas, me planche las camisas y almidone mis sábanas. La necesito tiernita, lozana, con todos sus dientes, con su vientre rígido, sus tobillos fuertes para que cargue los hijos que vamos a tener. Mujercita joven, de las que enhebran una aguja en la oscuridad, de las que oyen los resuellos desde la cocina. Boquita fresca y dedos hábiles y precisos a la hora de la pasión. De palabras cortas y escasas, con inteligencia suficiente para comprender lo que le conviene. Es el deseo de cualquier hombre….
TORITO. ¿Y su deseo?
TRABUCO. ¡Las mujeres decentes no desean! (Pausa) El calor me fatiga, la llanura me atormenta. Pero su cuerpo joven va a refrescar mis sábanas. Su cuerpo húmedo y perfumado me va a aliviar. Ella va a traer la lluvia. La abundancia. Traéla como sea. Traéla. Y que no digan que no intenté todo. (Lo mira fijo. Torito aprieta fuerte la escopeta contra su pecho como amasándola) ¡Dejá el arma en su lugar! ¡La vas a gastar con tanto lustre! ¡Ya parece de exposición!
Trabuco entra a la casa. Torito le apunta a la espalda con la escopeta como si jugara a cazar liebres.
ESCENA 9
Galería de la casa de Trabuco. Atardecer. El sol es un globo rojo en el horizonte. Elenita parada mirando el campo. Su cabello revuelto. Lleva puesta una bombachita solamente. Tiene el acordeón colgado de sus hombros. Toca algunos acordes. Caen las lágrimas sobre sus mejillas. Trabuco la mira libidinoso a distancia. En calzoncillos, camiseta y con barba incipiente.
ELENITA. ¿Vio qué lindos son los colibríes? Verdes brillantes, con la pancita dorada, y el cuello azul. Perforan las flores y les roban su néctar. Qué lindos son. Pequeñitos, suaves, pero constantes.
TRABUCO. Sí, una plaga.
ELENITA. Prefieren los pétalos rojos. El rojo es un color poderoso, profundo. Atrae y espanta con la misma intensidad. Un color para soñar.
TRABUCO. Ahora me hablás.
ELENITA. Setenta aleteos por segundo. Un batir de alas intenso y rápido. Tan veloz que se vuelve invisible. Un susurro de alas.
TRABUCO. Como tu cuerpito estremecido.
ELENITA. Sus patas son frágiles. No le sostienen su cuerpo. Sus alas lo sostienen. Qué bello, ¿no? Que te sostengan alas y no patas. Qué bello. Quien no quisiera ser un colibrí, sólo para estar suspendido contemplando una flor de pétalos rojos. Eternamente.
TRABUCO. Mi madre tenía un sombrero de plumas de colibrí.
ELENITA. (Lo mira de soslayo) También son solitarios y agresivos. Pueden defender sus flores con bravura, hasta la muerte.
TRABUCO. Un bichito muy insignificante para pelear hasta morir.
ELENITA. (Lo mira fijo) No crea, la violencia puede sublevar hasta los colibríes.
TRABUCO. (Delicado) Sos linda cuando hablás. (Pausa) Sos linda y te quiero. Desde que tu cuerpito santo yació en mi cama te lo llevaste todo, Elenita. La carne, el alma y hasta la poesía. La naturaleza detenida. Ya no crecerá el trigo. No florecerá la madreselva. No mamarán las crías. Todo te lo llevaste vos. No hay ciclos, no hay despertares ni ocasos. La vida suspendida, amor mío. Desde que yaciste en mi cama, ya nada será igual.
ELENITA. (Lo mira fijamente por primera vez sólo un instante. Se vuelve) Ya nada será igual.
Trabuco se acerca a la muchacha por detrás. Le toca sus caderas y le besa el cuello. Ella se aleja unos pasos como si el frío se apoderara de su cuerpo. Entra Torito con la escopeta y apunta a Trabuco.
TORITO: No son sus besos los que ella desea, patrón.
Trabuco avanza resuelto hacia Torito. Este le sigue apuntando.
TORITO: (temblando) No son sus manos, las que precisa.
TRABUCO: (acercándose hasta que el caño del arma queda apoyado sobre su pecho) Tirá, si tenés bolas, peoncito.
TORITO: (casi llorando) No es con su cuerpo, con el que sueña, señor.
TRABUCO: (le quita el arma de un manotazo) No te hagas el poeta conmigo, infeliz. Cagón. Las armas son para los hombres (Deja la escopeta sobre la mesa al alcance de cualquiera) Porque mejor no vas a elegir una buena ternera para la carneada del fin de semana. Vamos a hacer una gran fiesta. Doña Elena y yo seremos los anfitriones. ¡Hay mucho para festejar! Andá, buscá una linda ternerita, porque al cerdo ya lo tengo. (Lo cachetea) Le voy a cortar el cogote a primera hora del sábado. Estos días lo voy a engordar. El creerá que está seguro, el muy cerdo. Está comiendo bien, viviendo como un rey. No se imagina lo que le espera por ser un cerdo. (Le apoya su navaja en el cuello) Lo voy a degollar lentamente. A ver como grita. Un punzón en la yugular, para que la sangre explote en un solo chorro. Sangre al fuego. Sangre que se espesa, que se vuelve negra, dulce. La voy a meter en una tripa -del cerdo- muy bien escogida y la voy a colgar del árbol más alto. Al mediodía, casi sin querer, voy a tener una hermosa y tibia morcilla… de cerdo. Y me la voy a comer. De a bocados grandes, masticando fuerte y seguro. Así nos comemos a los cerdos, los patrones.
Torito sale corriendo como un chico asustado. Elenita a un costado toquetea unas teclas del acordeón.
ELENITA. Viven inquietos y tristes, temblando de miedo a que los castiguen. Pueden traer la abundancia, pero también la desgracia. Son el presagio de la muerte, los colibríes.
TRABUCO. Tocá una polkita para mí. Tan pequeñita, tan colorida. Como los pajaritos, que tanto te gustan. No hables de muerte, si vos sos la vida. ¡Tocá una polkita, nena! ¡Tocá que hay fiesta!
Elenita toca tímidamente unas teclas. De repente sale corriendo hacia el campo. Con su bombachita y el acordeón colgándole de los hombros. Los cabellos largos y rubios se le pegan a la cara por el sudor. Calor. Infierno. Trabuco la mira correr. Ríe a carcajadas.
TRABUCO. Ella es la poesía. Los versos que no puedo encontrar.
ESCENA 10
Elenita bajo el sol. El árbol. Toca su acordeón semidesnuda mientras mira hacia el cielo como hablándole al pájaro de siempre.
ELENITA: Es la despedida, pájaro muerto. Con las mismas manos que te regalo esta polka, luego cavaré tu tumba. Hoy entierro mi infancia. Será un pozo pequeño pero suficiente. Estas manos que hasta ahora no conocían la sangre serán las manos que te depositarán en el agujero negro y solo. Es el final. Me despido. Ya no voy a jugar este juego. Ya no voy a esperar tu reto bajo el sol. Ya no voy a buscarlos entre los girasoles, hermanos míos. Hoy me resigno al olvido. Adiós pájaro cómplice. Te toca morir como a mis recuerdos. ¿Cuánto tiempo más estará caliente tu cuerpo? ¿En cuánto tiempo se secarán tus plumas? ¿Será el final antes que tus ojos caigan a la tierra para saciar el hambre de otros? Podés descansar, pájaro sin aire. Sin vuelo. Ahora tendrás tumba, tendrás casa, tendrás pertenencia. Serás de algo. Serás de alguien. Y el hueco profundo donde tu cuerpo more, será también mi morada, mi lugar. Yo no tendré paz. Yo no tengo casa. No tengo identidad. No soy. Te regalo esta última «polka», no voy a tocar más. Sólo el silencio nos unirá. Tu sangre no andará sola por esta tierra y tus ojos velados no serán los únicos que ya no verán este paisaje. Cuando vuelva, padre, pájaro, seré otra. Me vas a reconocer por la tristeza….
Aparece Torito con la escopeta. Apunta al árbol y dispara a los nidos. Carga el arma y dispara nuevamente. Sigue cargando y disparando incesantemente. Elenita sigue tocando su acordeón y bailando. Cesan los disparos y también la música. Torito avanza hacia ella con el arma apuntando hacia delante.
TORITO. (Llorisqueando) Yo quise, pero él es más fuerte.
ELENITA. Mi colibríes son un blanco seguro. Siempre aparecen a la misma hora, siempre buscan el néctar de las mismas flores. Sus nidos yacen en las ramas que todos sabemos. Son como vos, Torito. Predecibles, inseguros, temerosos. ¿Será por eso que los prefiero entre todos?
TORITO. Me galopa el corazón, cuando te veo. Pero aparece el patrón y se me trunca. (Cae de rodillas) No pude. Perdonáme o despreciáme. Sólo sé de caballos. Con ellos sí me entiendo. (Llora) El padrillo ya no se retoba. (Pausa. La mira) Antes fogoso, mordía la brida y espuma por la boca. Ahora pavonea con la brida. Antes rompía el alambrado y corría al campo de los “Braida”. Pero de tanto latigazo, de tanto grito, ahora come de mi mano. Antes, yo pensaba que era el padrillo. Desbocado. Libre. Rompiendo el maizal de los “Braida”. (Dolorido) Hoy cuando me paré frente al patrón apuntándole al corazón con la vieja “Bedelli”, cuando todo dependía de mí, cuando sólo tenía que apretar más fuerte el gatillo y todo cambiaría, me di cuenta de que no soy más que uno de esos caballitos de madera que están en las calesitas. Así fue mi abuelo con mi padre y mi padre conmigo. Así es con el patrón y así yo con el padrillo. Esta es mi vida, no la que vos querés que tenga. Así fue siempre y así será hasta el final.
ELENITA. Ay mi caballito de feria. (Le acaricia la cabeza con ternura) Pobrecito mi Torito sin sueños…
Elenita le quita el arma de las manos y sale con paso seguro hacia la casa de Trabuco. Torito corre torpemente detrás de ella.
ESCENA 11
Galería de la casa de Trabuco. Él está en calzoncillos y medias. Con jabón en la cara a medio afeitar. Tiene la navaja en la mano. Aparece Elenita de la nada casi como un fantasma. Tiene la escopeta apuntando al piso. Torito detrás de ella, como una sombra.
TRABUCO. ¡Apareció la novia!
Elenita lo mira fijo. Levanta la escopeta y le apunta.
TRABUCO. Epa. Bajá el arma, querida. Estás insolada. La fiebre te trastorna. Un pañito frío te haría bien. ¿Te busco?
ELENITA. Mejor se queda.
TRABUCO. ¿Es por los pajaritos que estás así? Este peón bruto que no entiende lo que es el amor.
Elenita carga el arma. Trabuco se ataja con las manos.
TRABUCO. ¡A mí no me molesta que hables con ellos! Hablás con los pajaritos más que con los cristianos, pero… Yo a veces hablo con alguna que otra vaca. Con «Norita» por ejemplo. Le palmeo el lomo, ella me muge. Es más, o menos como hablar con vos… «Norita» es colorada, esbelta. Por eso el nombre. Por la mujer de Oliverio. «Norita» es buena lechera. Nunca profundizamos en nuestras conversaciones. Jamás le pregunté sobre que sentiría cuando la ordeñan, o cuando la patea el boyero eléctrico, o cuando llueve tanto que ya no hay lugar seco para echarse… Ahora que lo pienso, es dura la vida de la vaca. Voy a hablar más seguido con ella. Quién te dice le recito algo de Víctor Hugo y por ahí le gusta. Nunca se sabe. Bajá el arma, querida. ¿Esto es en serio?
Elenita dispara. Pega en el espejo que está detrás. Se hace añicos. Trabuco enmudece. Recarga el arma.
ELENITA. (Ríe) No, sólo la poesía es cosa seria.
TRABUCO. Yo te quiero bien.
ELENITA. Nunca leí una sola de las líneas que escribió, Prudencio. Porque tengo 16 años y la vida es corta. Apenas tengo tiempo para tocar mi acordeón. Para hablar con los pájaros. Para bañarme por las noches en el estanque. Y para leer a mis preferidos. No escriba más, Prudencio. Fue suficiente el papel, suficiente la tinta, suficiente el esfuerzo. No tengo inteligencia para comprenderlo, ni corazón para amarlo. No quiero que me escriba, ni me mire, ni me hable y mucho menos me toque. Porque ya me toca su peón y me gusta. Cada vez más. Mañana tal vez ya no. No sé. Lo que hoy es amor mañana puede ser olvido. Es fácil morirse. Más fácil que nacer. ¿Qué será más doloroso, Prudencio? ¿el nacimiento o la muerte? Todos estamos muertos. Y duele. Cómo duele. Yo estoy muerta desde siempre. Desde el día que mis queridos me dejaron en la hamaca del patio donde me crié. Mi madre me dejó sus libros y mi padre su acordeón. No había lugar para todos. Mala época. Miseria y hambre. Abandono. Más triste que la muerte. Ay, Prudencio. Usted me ofrece cama, casamiento, tierras, todas cosas que no necesito…
Elenita le dispara al pecho. Trabuco cae violentamente. Sale Torito desde la sombra. Un trueno ensordecedor los estremece.
ELENITA. (A Torito) Acercáte. También es tu muerto. Vení tocálo. Olé su sangre. Tiene olor su sangre. ¿Lo percibís? A vinagre. Con este calor en dos horas será insoportable. Vení. Mirálo por lo menos. No se la esperaba. No se dio cuenta que se iba a morir. Como mis pajaritos. ¿Dolerá mucho? No parece. Vení. No tengas miedo. Ya no te hace daño. ¿O sí?
TORITO. (Pálido) Lo mataste nomás.
ELENITA. ¡Ay! Sin culpas. Acá no hay pecados ni pecadores.
TORITO. Tiene los ojos abiertos.
ELENITA. Lo vamos a enterrar, junto con mi inocencia y mis colibríes.
TORITO. Me mira, no puedo.
ELENITA. Ay torito, “toritó del corralitó”… No te hacés cargo ni de tus deseos.
TORITO. El sol te está enloqueciendo.
Otro relámpago. Un trueno que estalla.
ELENITA. ¿Cuántos colibríes mataste, Alcides?
TORITO. (baja la cabeza) Varios.
ELENITA. Al viejo no, pero a los pajaritos si, Alcides.
TORITO. No me llames así. Soy Torito. Torito el domador de caballos. Alcides es otro, es el de los sueños.
ELENITA. Qué vas a soñar, vos. Para soñar se necesita una realidad que te aturda, que no te deje respirar, que te tire de las patas a la noche cuando querés dormir. Una realidad que te seque día a día. Entonces sí que querés tener sueños. Vos no tenés derecho a soñar, porque cada día elegís tu realidad aburrida y compasiva, bajo la sombra del patriarca.
TORITO. (La toma de las manos) Cuando me hablás así no te entiendo.
ELENITA. Sí que entendés. Lo entendés todo.
TORITO.Te prefiero silenciosa, como bajo la luna. O cuando tocás tu acordeón y todo es magia y luz.
ELENITA. Ya no soy esa.
TORITO. (La toma de las manos) Yo quise ser Alcides. Lo fui algunas noches. En el estanque, cuando me abrazaba a tu cuerpo. Alcides el que habla de corrido. Alcides el de los sueños.
ELENITA. (Apartándolo) Si no se tienen sueños, aparece la muerte. La cobardía desata furias impensadas, libera violencias contenidas, hilvana tormentas que estaban adormecidas. Mirá si no, cómo está el cielo de tanta cobardía.
Otro estruendo en el cielo. Más relámpagos. Caen algunas gotas. Torito se aleja de Elenita, como queriendo escapar de la tormenta, de ella. Elenita le apunta con el rifle.
ELENITA. Los poemas de Rimbaud me dan miedo. Son un espejo donde no me quiero mirar. Los de Machado me fastidian. Almafuerte, no sé. Algunos. Quizás. Nervo, no. (Pausa. Entusiasmada) Las flores rojas son las que me gustan. Su perfume. Su color. Su néctar. (Pausa. A Torito) Sentáte a su mesa y escribí poemas para mí. (Obedece temeroso. Se sirve un vaso de ginebra y empieza a hacer garabatos en el papel) Escribí, Torito. Escribí. (Le apunta con la escopeta) Algo de pasión. De deseo. De sueños, ni lo intentes. (Ríe) Si te esmerás, te prometo que los voy a leer. Escribí Torito. Escribí. (Torito hace garabatos en el papel cada vez más grande y llorisquea como un chico) Por las noches nos vamos a bañar en el estanque, bajo la luna. Nuestro único testigo será ese búho tuerto, el que reposa sobre el poste a la vera del camino. El que conoce nuestros secretos. Y por las tardes yo te voy a mirar como los colibríes a las flores. Voy a batir mis alas tan fuertes, que quedaré suspendida contemplando el rojo. Eternamente. El intenso rojo. Rojo, el color de los sueños, Alcides. Sólo el deseo curará nuestras heridas y será un respiro ante el dolor del mundo.
Elenita aprieta las teclas del acordeón, pero sin tocar ninguna melodía. Sólo sonidos sueltos mientras bailan moviendo sus brazos como aleteando. Gira alrededor de Torito que sentado a la mesa hace garabatos en el papel. En el piso Trabuco yace muerto. La mancha de sangre es cada vez más grande y roja. Llueve torrencialmente.
FIN
IMAGEN. Un susurro de alas. Teatro El Método Kairos. Dirección: Graciela Pereyra. 2018. Foto: Marcela Russarabian.


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